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book icon Domingo 4 de septiembre de 2022

4 de septiembre

Daniel Mansuy Daniel Mansuy

Para mirar este 4 de septiembre y el resultado del plebiscito constitucional, es necesario mirar atrás e incluso remontarse al clivaje político que vivimos aquel 5 de octubre de 1988. Esto, con el objetivo indispensable de reparar nuestros lugares de encuentro, entre nosotros y con nuestra historia. Sin ellos, será imposible alcanzar nada parecido a la cohesión social.

Daniel Mansuy

El 5 de octubre de 1988, yo tenía diez años. Recuerdo nítidamente el ambiente en las calles, en las discusiones familiares, en el colegio. Supongo que no he vivido momento más intensamente político que ese: todo era política. El país estaba dividido, y una fractura muy profunda atravesaba la sociedad. Recuerdo también una ansiedad apremiante, ineludible, que invadía cada dimensión de la realidad. Muchas historias, muchas tragedias y muchos destinos estaban condensados en el plebiscito. Ese día nos jugábamos la vida, aunque cada cual desde su propio lugar. Para algunos, el triunfo del No era la (terrible) reedición de la Unidad Popular; para otros, era la oportunidad de ponerle fin a la dictadura y a las violaciones de derechos humanos.

Han pasado las décadas, los actores de aquella época envejecieron —algunos mejor que otros, hay que decirlo— y la transición chilena fue puesta en el banquillo de los acusados por una nueva generación. Con todo, creo que no cabe sino admirar aquello que los chilenos hicimos ese 5 de octubre: salir pacíficamente, por vía democrática, de una situación difícil y con altos riesgos de desborde. Desde luego, no fue perfecta, tuvo defectos —que se hicieron más y más visibles con el paso del tiempo— y sus lógicas produjeron una especie de acomodamiento que nos trajo nuevas tensiones.

No obstante, y sin perjuicio de esas dificultades, el 5 de octubre de 1988 es una fecha que no deberíamos olvidar, pues marca un hito fundamental en la historia democrática de Chile. Pudimos encontrar modos pacíficos y democráticos de resolver nuestras diferencias. En otras palabras, aunque es cierto que quizás había salidas mejores, había sobre todo salidas mucho peores.



Durante muchos años, mi generación pensó que no tendría que enfrentar escenarios análogos al de 1988. Esto no debe extrañar: Fukuyama anunciaba el fin de la historia, el consenso de Washington auguraba una globalización feliz y las grandes disputas ideológicas parecían cosas de un pasado añejo. La anhelada modernidad equivalía a prosperidad, armonía y desarrollo técnico.

Hoy, sabemos que todo aquello fue una ilusión circunstancial, pero fue una ilusión muy poderosa. Es más, sobre ella articulamos nuestra comprensión del mundo. De allí que muchos hayan (hayamos) tenido dificultades para comprender y asumir que el mundo y nuestro país, volvían a moverse, volvían a interrogarse a sí mismos. Los viejos esquemas ya no servían. La caprichosa fortuna, diría el viejo Maquiavelo, había girado.

Estas semanas he observado a mis hijos, tratando de escrutar sus sentimientos respecto de este nuevo plebiscito, que parece tan determinante y decisivo. ¿Estarán percibiendo y pensando cosas parecidas a las que yo percibía y pensaba en 1988? ¿Cómo recordarán en unas décadas más esta elección, las conversaciones, la franja televisiva y el clima general? Esto es más importante de lo que parece a primera vista. Después de todo, esos recuerdos serán mañana el sedimento sobre el que se fundará nuestra política. ¿Seremos capaces de proyectar un orden estable para el futuro a partir de hoy? ¿Estaremos a la altura del desafío?

Quizás peco de optimismo, pero quisiera pensar que hoy podemos iniciar un camino que nos permita procesar pacíficamente nuestras diferencias —sin desconocerlas, ni negarlas—. Eso fue, ante todo el 5 de octubre, un reconocimiento de la existencia del otro, una aceptación de que todos tenemos que caber en el mismo país. El 5 de octubre es el día de los adultos, porque es el día en que asumimos que el mundo no es el reflejo de nuestros deseos. De allí emerge la inspiración de todo lo que viene después.

Para seguir pecando de optimista, quisiera creer que hoy también es el día en que podemos concordar que el camino de la violencia es un camino a ninguna parte. Tal como el 5 de octubre, votar es un modo de decir —de afirmar enfáticamente— que renunciamos a imponer nuestros puntos de vista mediante la fuerza, y que renunciamos también a justificarlo con sofismas más o menos elaborados.



Mi impresión es que acá reside el principal nudo de nuestra discusión pública: demasiados estuvieron dispuestos a avalar la violencia en la medida en que era funcional a sus objetivos políticos. Al mismo tiempo, nada de lo dicho debería conducirnos a negar el malestar que hay en la sociedad chilena, y que nuestra principal tarea es hacernos cargo —con sentido de urgencia y responsabilidad— de las enormes dificultades que enfrentan muchos compatriotas.

Insisto, seguramente peco de optimista, pero creo que podríamos darnos un objetivo concreto para avanzar en esta senda: rehabilitar los centros de nuestras ciudades. Ellos pueden ser el primer paso de lo que viene, pues son indispensables lugares de encuentro entre nosotros y con nuestra historia. Sin ellos, será imposible alcanzar nada parecido a la cohesión social. Si de verdad queremos un país más justo, más democrático y más solidario, nuestro primer deber es rehabilitar nuestros espacios públicos. ¿Estará nuestra clase política disponible para este primer acuerdo que no requiere ni vieja ni nueva Constitución?

El 5 de octubre, yo tenía diez años. Hoy, tengo más de cuarenta y, sin embargo, no pierdo la esperanza de que este 4 de septiembre sea recordado como el primer hito de un camino que será largo y difícil, pero que miraremos con orgullo. Para orientarnos en la neblina sin perder de vista ninguno de los bienes involucrados, puede resultar útil recordar un consejo de nuestro Nicanor Parra: Cabeza fría, corazón caliente, somos tierrafirmistas decididos. Repito: Cabeza fría, corazón caliente, somos tierrafirmistas decididos.

Daniel Mansuy