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book icon Viernes 22 de julio de 2022

40 horas: ¿Merecemos trabajar menos?

Carmen Gloria López Carmen Gloria López

El presidente Gabriel Boric enviará próximamente al Congreso el proyecto de ley que reduce la jornada laboral a 40 horas semanales. Dado nuestros niveles de productividad, cabe preguntarse qué ventajas, entonces, podría tener una jornada laboral más acotada que la actual. Varios estudios e investigaciones internacionales responden esta duda.

Carmen Gloria López

En ese otro tiempo, cuando pensábamos que no había otra manera de trabajar que precisamente yendo al trabajo, entró a la Cámara de Diputadas y Diputados un proyecto para reducir la jornada laboral a cuarenta horas semanales. Era 2017, pero después vino el estallido social y la pandemia, y otras fueron las urgencias.

Pero este año, el gobierno del presidente Gabriel Boric recordó aquella carpeta y pidió al Parlamento aprobar la jornada de 40 horas. Se quejaron los empresarios grandes y chicos. ¿Cómo podíamos copiarle el estilo de vida a los países nórdicos si no tenemos su productividad?, cuestionaban.

Varias investigaciones señalan que la cosa es al revés. En 2019, Ciper Chile publicó un estudio de Aldo Madariaga donde la evidencia histórica muestra que la productividad de esos países aumentó luego de que se redujeran las jornadas laborales.

Otro estudio realizado en la Universidad de Stanford por John Pecavel, "The productivity of working hours", asegura que la productividad se desploma pasadas las 50 horas semanales.

En tanto, algunos expertos sugieren que 35 horas es lo máximo que se puede trabajar de forma semanal, antes de que la productividad descienda. Entrevistado por la BBC, uno de los investigadores señala que no se puede sostener el mismo nivel de energía y concentración por ocho horas diarias.

La consecuencia de esta pérdida de concentración también fue medida. En la Universidad de Wisconsin descubrieron que, en promedio, un trabajador pasa dos horas de su jornada navegando por internet para asuntos no laborales (Driven to distraction: What causes cyberloafing at work?).

La misma BBC publicó el año pasado un estudio que siguió a los trabajadores suecos durante una década y demostró que reducir la jornada laboral baja el estrés, el agotamiento y las emociones negativas. Varias investigaciones confirman que la gente consigue hacer más cosas cuando trabaja menos horas.

Dinamarca, Noruega, Finlandia y Suecia son los países que menos tiempo dedican al trabajo remunerado dentro de la OCDE (16% menos que el promedio y 25% menos que Chile) y están entre los más productivos de ese club.

Dinamarca, Noruega, Finlandia y Suecia son los países que menos tiempo dedican al trabajo remunerado dentro de la OCDE (16% menos que el promedio y 25% menos que Chile) y están entre los más productivos de ese club. Un trabajador finlandés produce el doble del valor que un chileno por la misma hora trabajada. Un noruego produce el triple.

¿Son más productivos porque trabajan menos o trabajan menos porque son más productivos?

Ya tenemos 22 empresas chilenas que redujeron la jornada a 40 horas semanales y aparte de recibir un reconocimiento presidencial, sus resultados son prometedores: declaran haber aumentado la productividad y mejorado el clima laboral -lo que ha pasado en el mundo al menos es eso-, se acabaron las reuniones extendidas y citadas después de las tres de la tarde, varias exposiciones fueron reemplazadas por correos electrónicos, bajó el consumo de café en las oficinas y los almuerzos extendidos, y los empleados que marcan tarjeta parecen más contentos con el trabajo y registran menos ausentismo por estrés.

Ya tenemos 22 empresas chilenas que redujeron la jornada a 40 horas semanales (...) sus resultados son prometedores: declaran haber aumentado la productividad y mejorado el clima laboral.

Hay un grupo de trabajadores que no entra en esta discusión. Es el segmento que “no marca tarjeta”. Son los profesionales o ejecutivos que se supone no cumplen horario y tampoco reciben paga por horas extras. Su zanahoria son bonos, potenciales ascensos y lo que se supone una flexibilidad envidiable.

Sin embargo, muchos de ellos trabajaban más de 55 horas a la semana, lo que, según la Organización Mundial de la Salud, aumenta en un 55% el riesgo de un accidente cerebrovascular y en un 17% el de un infarto. “Karushi” se llama el mal en Japón, que es literalmente morir por el trabajo, ahí mismo, desplomado sobre el escritorio.

En 2006, el 20% de los trabajadores con mayores sueldos en Estados Unidos tenía dos veces más probabilidades de pasar las cincuenta horas de trabajo semanales que los trabajadores ubicados entre el 20% peor pagado.

El porqué de esta paradoja da para seminarios existencialistas y de consumo. Lo que es cierto es que, a nivel ejecutivo, se instaló la idea de que una persona importante es una persona muy ocupada.

El New York Times dedicó un artículo a ese tipo de trabajador de la empresa Amazon en 2015. Los describió, entre otras cosas, como “hombres y mujeres adultos que lloraban en sus escritorios y podían ser despedidos por no haber contestado un email a medianoche”. Es ese trabajador profesional, con estudios universitarios y postgrados a veces, el que parecía ser parte de una cultura donde el nivel de importancia estaba dado por la hora en que te ibas de la oficina: mientras más tarde, mejor. Al menos así fue en los 90 y principios de los 2000.

Pero parece que eso está llegando a su fin. Parte de una generación ya no está dispuesta a gastar la mayor parte de la vida en la oficina, e incluso en las entrevistas para conseguir su primer trabajo, ponen límites de horario. “Yo los viernes no trabajo después de las cuatro”, le dijo un recién graduado de Ingeniería Civil a una head hunter como parte esencial de su currículo.

Parte de una generación ya no está dispuesta a gastar la mayor parte de la vida en la oficina, e incluso en las entrevistas para conseguir su primer trabajo, ponen límites de horario.

Sé que generalizo, pero es solo para enfatizar el cambio de paradigma. El ejecutivo joven que imitaba Coco Legrand en los 90 se quedaba hasta muy tarde en la oficina, armaba reuniones importantes a las siete de la tarde y sus secretarias ganaban muchas horas extras por ello.

Los primeros rumores de cambio vinieron con la generación millennial. Con la llegada del Covid-19, esta nueva manera de ver el trabajo ejecutivo se esparció como el propio virus: jóvenes profesionales que ya no estaban dispuestos a ganar por horas de silla.

La tecnología invadió todos los espacios al comienzo de la pandemia: mensajes fuera de hora, emails y whatsapps de medianoche, pero incluso a eso se le puso freno en el mundo desarrollado de forma muy temprana. Protocolos de varias empresas europeas prohibieron que los jefes contactaran a sus trabajadores fuera del horario laboral.

Con jornada de 40 horas impuesta o no, en este segmento profesional y laboral, las cosas ya están cambiando. “En mi oficina ya nadie viene los viernes”, me comentó angustiado esta semana el abogado senior de un conocido estudio. “Me paseé hoy a las tres de la tarde por dos pisos de escritorios vacíos”, detalló. Un jefe de una consultora financiera también me confesó que “ya no sabemos qué hacer con el espacio de oficinas, ya no sé si vale la pena el arriendo”. Gerentes publican sin pudor sus vacaciones de junio o julio en las redes.

Según el Harvard Business Review, la pandemia terminó con la locura de las reuniones largas e impulsó las plataformas virtuales de colaboración. Gil Becker, de la revista Forbes, asegura que se ha producido un reajuste de las expectativas laborales donde, al final, lo que importa es el resultado. Es un cambio cultural difícil para generaciones acostumbradas a creer que pagaban por “horas hombre”, incluso a sus ejecutivos.

No debiera ser difícil aprovechar el impulso pandémico para hacer lo que parece sensato: satisfacer nuestras necesidades con el menor esfuerzo, dejando las horas extra para los trabajólicos que disfrutan su trabajo más que nada en el mundo. Pero como titulaba el New Yorker por allá en 2015: No necesitamos trabajar tanto. Lo que necesitamos es trabajar mejor.

Si por los avances tecnológicos ya estábamos entrando a una nueva manera de hacer las cosas, un virus respiratorio aceleró el proceso. Los expertos en sistema laboral en la mayoría de los artículos que revisé recomiendan no solo abrazar el cambio de paradigma, sino que profundizarlo. Aunque ver las oficinas vacías asuste.

Carmen Gloria López