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book icon Jueves 27 de octubre de 2022

“Apolo 11”: Épica de estadista para un viaje de locos

Jimena Villegas Jimena Villegas

Un documental hecho en 2019 llega a Netflix para recordarnos cómo fue la hazaña de llevar astronautas a la Luna, un viaje que tuvo detrás un sentido de propósito puesto por el presidente John Kennedy. Recordar, a través de imágenes de la Nasa cómo fue aquello, es un buen preámbulo para esperar la salida de Artemis 1, el regreso de los humanos al satélite de la Tierra.

Jimena Villegas

Es difícil pensar en un hito de la historia contemporánea más poderoso en su capacidad de desatar sueños y promover fantasías colectivas que el momento sublime en que una persona puso su pie en la Luna. 

La misión Apolo 11, que llevó a tres astronautas estadounidenses a 384 mil 400 kilómetros de aquí, debe ser lo más épico en la memoria de -al menos- un par de generaciones de humanos.

Ese pie izquierdo de un hombre llamado Neil Armstrong, que se mueve lento y enfundado en un incómodo traje espacial sobre la superficie selenita. Esa frase que ya es eterna: "Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad". 

Aquel gesto, que es tan cotidiano como respirar, fue producto de décadas de trabajo: exigió esfuerzo científico, mucho compromiso de hombres y mujeres, y toneladas de dinero. Porque -todo sea dicho- los cálculos estiman que, a precio de hoy, solo la misión Apolo 11 costó unos 170 mil millones de dólares.

De esa operación, que comenzó en la mañana del 16 de julio de 1969 y terminó con el trío de viajeros espaciales a bordo de una cápsula flotando en el Océano Pacífico, trata un documental de una hora y media, realizado -entre otros- por CNN Films y que entró a Netflix este mes. Se llama, evidentemente, “Apolo 11”.

 

En una primera aproximación, puede decirse que es una pieza fascinante en su textura. Está armada sólo con material original, que ha sido editado para apretar el nervio y promover la pulsación emocional en torno a un proyecto que parecía imposible. Hay en ella, y por lo mismo, momentos que provocan mucha tensión, incluso sabiendo -tantas décadas después- que aquello fue un éxito. 

“Apolo 11” se ve y se oye como lo que es: un registro muy antiguo. Hay grano en las imágenes y campanea ese timbre metálico de la sonoridad vocal de antaño. Pero sigue la ruta de la preparación, salida y regreso de Armstrong y sus dos compañeros de viaje -Edwin “Buzz” Aldrin y Michael Collins- con un ritmo tan preciso que se hace imposible perderle la pista. 

Hay que verlo. Más todavía si se piensa que, teóricamente, estamos a un par de semanas de la salida de Artemis 1, la primera misión -esta vez en un vuelo no tripulado- del nuevo programa de la Nasa para viajar a la Luna.

Sí, después de tantos años, volvemos al satélite de la Tierra. Y lo haremos tras haber atrasado la salida de septiembre por culpa de un huracán, en preparación de Artemis 2 que sí llevará humanos a bordo y en un viaje que durará unos 25 días, que es el triple de tiempo que tomó realizar la hazaña del Apolo 11.

Viendo el documental -y aunque suene a lugar común- aquello de verdad fue una hazaña. La precariedad evidente de lo que hace 53 años era la tecnología de punta, estremece. Hace pensar que quizá para pegarnos el salto nos volvimos un poco dementes. 

Ahí está, por ejemplo, el nervioso -casi devoto- silencio de los tres astronautas antes de salir. Son personas al borde de los 40 años y lucen bastante mayores si se piensa en Hollywood, que nos ha convencido de que los héroes del espacio son siempre jóvenes, esbeltos y de cabellera frondosa. Los tres resultan, de todos modos, auténticos atletas de alto rendimiento: casi no se les movió el pulso durante la partida.  

Están también los cambios de turno y los protocolos para el monitoreo. El tirante momento en que el Kennedy Center en Cabo Cañaveral, que es donde está el sitio del despegue, entrega el mando a Houston. Y el ir y venir de miles de personas de la Nasa, todos hombres, todos blancos, que van controlando -mientras fuman y al mando de consolas que hoy parecen de juguete- la progresión de la odisea. 

Impacta ver el segundo en que, por primera vez, ya en órbita lunar, desde la Tierra se pierde contacto con el Apolo 11 porque -de modo muy simbólico- la cara oculta de la Luna impide comunicación alguna entre el satélite y este planeta. Y también es impactante ver el aterrizaje del módulo en la dura superficie lunar y el posterior acople en el espacio de las dos piezas que regresan a la Tierra. 

Endulza, en cambio, ver las encantadoras imágenes de decenas de familias que fueron con camas y petacas a instalarse en los alrededores, muy lejos del sitio del despegue por si algo salía mal, para seguir la salida del cohete rumbo a los cielos despejados.

Entre lo fascinante, como siempre, figuran los detalles. Por ejemplo, que a minutos de salir había una fuga de gas en uno de los motores del despegue y que la arreglaron apretando unos simples tornillos. O que, además de la bandera de Estados Unidos, allí arriba quedaron las patas del módulo lunar, que se llamaba Eagle. O que el viaje incluyó -evidentemente- muchas rotaciones del comandante Collins alrededor de la Luna: en ese momento era literalmente el hombre más aislado de la Tierra. 

Aunque quien se comunica con los astronautas a nombre de la nación estadounidense es el presidente en ejercicio Richard Nixon, el que está en el corazón de la misión Apolo 11 es John Kennedy, el líder que involucró a todo un país en la demencia de ir a caminar por la superficie de la Luna. 

En plena Guerra Fría, con la tecnología atómica amenazando hacer saltar la Tierra por los aires, Kennedy necesitaba dar un propósito superior y común a los estadounidenses. Al ponerlos a trabajar para una meta tan mayor, lo logró. Yendo así de lejos, Estados Unidos recuperó territorio emocional perdido frente a la Unión Soviética, que había lanzado el primer satélite y puesto a los primeros mujer, hombre y perro a orbitar en el espacio. La brecha era tan grande que se necesitaba de un salto mayor. De cómo se gestó ese salto da cuenta “Nacidos para la gloria”, uno de los mejores libros del periodista Tom Wolfe.

Casualidades de la vida, aunque haya quienes sostienen que las casualidades no existen, es que justo esta semana aterrizó en Chile la economista ítalo-estadounidense Mariana Mazzucato, una de las grandes especialistas del mundo en innovación.

Ella tiene entre sus mantras que los países deben adoptar el enfoque político y holístico que John Kennedy impulsó para Estados Unidos en 1961, con esto de poner hombres en la Luna y traerlos de regreso a la Tierra sanos y salvos.

Se sabe que los gobiernos requieren de esos relatos con propósito. Y es cierto que vienen muy bien líderes que apliquen -o al menos lo intenten- esa capacidad que tuvo Kennedy de establecer grandes misiones positivas para la sociedad de la que forman parte. 

Al darle una tarea compleja al sistema, una diversidad de actores e intereses se imbrican y colaboran para desarrollar la tarea mayor, y todo se vuelve virtuoso. Nadie dice que sea sencillo, pero la hipótesis de Mazzucato no es descabellada: al poner el poder del Estado a trabajar en torno a la tarea superior, los países se vuelven más prósperos y equitativos. ¿Será algo así lo que Chile necesita hoy?

Volviendo al documental “Apolo 11” queda claro que los sentimientos comunes de victoria y de alivio al regreso fueron unánimes. Ese día, cuando el portaaviones USS Hornet recogió al trío de astronautas de las aguas, fue un día para cantar la epopeya. Aunque esos pobres astronautas no hayan podido disfrutarlo como correspondía, porque -como se ve en la película- de la lata de sardinas que era la cápsula Eagle pasaron a otra lata un poco más grande rumbo a una cuarentena. 

Es emocionante observarlos, tan prudentes y bien portados, tan capaces -al menos para el micrófono- de no llevarse toda la gloria para ellos, porque agradecen a la Nasa y a su país. Se deben al equipo. 

Son éticas y estéticas que suenan como de otros tiempos. Pero puestas en la mesa de hoy se hace muy sencillo desearlas. Metas comunes, espíritu de cuerpo, sentido de colaboración, misión colectiva, propósito superior, un Estado al servicio. Todos conceptos que estaban detrás de la misión Apolo 11 en 1969 y que son posibles aquí y ahora. Porque, en verdad, no dependen de nadie que no seamos nosotros mismos y nuestra siempre vigente capacidad de acudir a la justa dosis de locura.

Jimena Villegas