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book icon Domingo 3 de julio de 2022

Atentados de París: las confesiones de un terrorista francés que se negó a morir

Pilar Rodríguez Pilar Rodríguez

Espeluznantes relatos de un juicio histórico; la confesión de un terrorista que cambió su vida como mecánico, deportista y amante de las fiestas para sumarse a las filas radicales del Estado Islámico; los detalles de un plan sangriento que mató a 130 jóvenes y marcó para siempre la vida de los franceses.

Pilar Rodríguez

El ciudadano francés de origen belga, Salah Abdelsalam, ingresó al bar elegido y se sentó a tomar algo en la barra. Miró a su alrededor. El local estaba lleno de jóvenes como él, que esa noche del 13 de noviembre bailaban animados. Algo cruzó por su mente. Un instante de flaqueza, miedo o quizás un tenue rastro de humanidad. Lo cierto es que abortó la misión suicida, salió del lugar y nadie se enteró que, bajo sus ropas, escondía un chaleco con potentes explosivos. Nadie supo que esa noche, el plan era matar y, con toda seguridad, morir, con la promesa de convertirse en un nuevo mártir de la yihad radicalizada.

Los jóvenes del bar de Montmatre salvaron providencialmente. Pero en otros puntos de la ciudad, el plan se ejecutó fría y sangrientamente. En una carrera contra reloj, los ocho terroristas de su comando, sembraron una estela de 130 muertos y decenas de heridos en la sala de conciertos Bataclan, varios cafés del este de París y el estadio Saint-Denis, en el mayor atentado en la historia de Francia, ocurrido en 2015. Su propio hermano, Brahim, se inmoló con una bomba, en uno de los bares atacados. 

Del comando central, sólo Abdesalam sobrevivió y fue capturado. Por eso se convirtió en el gran protagonista del juicio más mediático de los últimos años en Francia, donde desfilaron más de 300 familiares y víctimas, ahogando espeluznantes relatos, evidenciando las secuelas irreparables del horror vivido. El escuchó en silencio y atento. Antes de escuchar la lapidaria sentencia, Abdelsalam lanzó una desesperada defensa: “He cometido errores, pero no soy un asesino”. Los jueces no le creyeron. La teoría que se impuso es que, en realidad, el chaleco de explosivos no le funcionó. Así, la condena cayó como una guillotina sobre los oídos de este francés de 32 años: cadena perpetua, sin beneficios antes de 30 años, la más severa que contempla la legislación gala. Se logró probar su participación como jefe logístico de la operación, reservando alojamientos, alquilando autos y trasladando el día del atentado a los miembros de su célula a los sitios de la masacre. 

Salah Abdesalam y su hermano Brahim son dos exponentes de los cientos de jóvenes musulmanes nacidos en suelo europeo, que han caído en las fauces del Estado Islámico, aprovechando su condición vulnerable.

Salah Abdesalam y su hermano Brahim son dos exponentes de los cientos de jóvenes musulmanes nacidos en suelo europeo, que han caído en las fauces del Estado Islámico, aprovechando su condición vulnerable, exacerbando las humillaciones que reclaman haber sufrido, alimentando el odio hacia el mundo occidental, los llamados infieles que apuntan como causa de todos sus males. 

En este caso, hay que hacer un doble clic en su niñez en Bélgica. Crecieron en el barrio de Molenbeek, el patio trasero de Bruselas que concentra mayor población musulmana, una zona pobre, sin muchas oportunidades, conocida como la guarida europea del Estado Islámico. El hermano mayor, Brahim, fue reclutado para combatir en Siria, defendiendo el califato de ISIS. Regresó derrotado y con una explosiva rabia acumulada, que contagió a su hermano Salah. Juntos, prometieron lealtad al Estado Islámico.

Durante el juicio en Paris, Abdesalam rompió el silencio después de cinco años de severo encierro, tras su captura en 2016. A ratos desafiante, reivindicó ser “combatiente del Estado islámico”. En otros pasajes, con voz serena y educada, develó una niñez tranquila y sencilla.

Durante el juicio en Paris, Abdesalam rompió el silencio después de cinco años de severo encierro, tras su captura en 2016. A ratos desafiante, reivindicó ser “combatiente del Estado islámico”. En otros pasajes, con voz serena y educada, develó una niñez tranquila y sencilla, en el seno de una familia de cuatro hermanos, con un padre conductor de trenes y una madre dueña de casa, ambos marroquíes de origen. Quizás si las pinceladas de su biografía no responden estrictamente al perfil típico de un joven radicalizado sin horizonte en la vida: se tituló de mecánico y tenía trabajo con su padre en ferrocarriles; una novia con la que quería casarse en un gran evento para lo que estaba ahorrando; jugador de fútbol, y aficionado a bares y discotecas, con consumo ocasional de marihuana, admitió en su testimonio.

En la cárcel, cuando pasó cinco semanas detenido por un robo y nunca más encontró trabajo estable. Ahí cruzó camino con su amigo de infancia, que sería luego el cerebro de la sangrienta operación en París.

¿Dónde se torció entonces su camino? El asegura que fue en la cárcel, cuando pasó cinco semanas detenido por un robo y nunca más encontró trabajo estable. Ahí cruzó camino con su amigo de infancia, que sería luego el cerebro de la sangrienta operación en París. Durante su testimonio, reveló que la noche anterior a los atentados, le notificaron que llevaría un chaleco con explosivos y que su misión era matar y morir en un bar. Pero antes, recorrió la ciudad al volante de un automóvil, trasladando a los otros terroristas elegidos. Bajaban y en apenas dos minutos, descargaban sus fusiles kalashnikov sobre las víctimas. Un bar tras otro. 

Al parecer, la promesa del paraíso eterno para los mártires de la yihad no caló tan profundo en este combatiente de origen belga, que se arrepintió de morir a último minuto. Pero eso no lo libera de responsabilidad.

Hoy, está aislado en una cárcel de máxima seguridad en París. No tiene contacto con nadie y es vigilado día y noche por cámaras en su celda. Sufre delirios ocasionales: alucinaciones auditivas, miedo a que lo envenenen y obsesión por el pegamento en paredes y ropas. Así le esperan 30 años de encierro sin beneficios. 

A los ojos del mundo, pareciera que la amenaza terrorista del Estado Islámico estuviese dormida. Pero los especialistas en seguridad advierten que las células siguen muy activas, reclutando silenciosamente a jóvenes desencantados. Como los hermanos Abdesalam.



  

Pilar Rodríguez