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book icon Domingo 17 de abril de 2022

Cómo evitar el abuso sexual en el espacio público

Carolina Tohá Carolina Tohá

Hay quienes apuestan por la segregación de hombres y mujeres, como vagones exclusivos para unas y otros en el Metro. Otras se inclinan por la convivencia y el respeto. ¿Cuál es más efectiva?

Carolina Tohá

Motivado por la propuesta de un grupo de dirigentas estudiantiles, se ha abierto el debate sobre la conveniencia de tener vagones separados para mujeres en el Metro con el objeto de prevenir los problemas de acoso sexual que son muy frecuentes en el transporte público, especialmente en las horas de mayor saturación.

La idea fue presentada al ministro de Transportes Juan Carlos Muñoz; a la ministra de la Mujer y Equidad de Género, Antonia Orellana; y al gobernador de la Región Metropolitana, Claudio Orrego, quien se comprometió a evaluarla.

Iniciativas como ésta ya han sido puesta en práctica en diversos lugares, como Ciudad de México, Río de Janeiro y Tokio, y la experiencia ha demostrado que pueden resultar bastante efectivas respecto a la seguridad de las mujeres que viajan usando esa modalidad. Sin embargo, hay múltiples detractores a ese tipo de soluciones, y entre ellos también se encuentran grupos feministas, así como urbanistas que trabajan en temáticas de género.

Ejemplo de esto último es la carta publicada recientemente por Valentina Saavedra, Florencia Pinto, Diego Rebolledo y Karen Saavedra, que pone en cuestión la efectividad de los vagones separados desde diversos puntos de vista. El principal se refiere a que este tipo de solución es inconducente respecto a las situaciones más graves de violencia sexual en el espacio público, como las persecuciones sexuales, la exhibición de genitales o las violaciones, puesto que éstas no están ligadas a situaciones de aglomeración sino, por el contrario, a contextos de baja circulación y visibilidad reducida.

Las evaluaciones realizadas en Ciudad de México respecto a la segregación por sexo en el Metro, han demostrado que esa medida es ineficaz para las agresiones sexuales más severas y está asociada al incremento del clima general de violencia física en el transporte público.

A lo anterior se suma una crítica que parte del sentido común: si hombres y mujeres compartimos el espacio público de tantas maneras distintas, desde la calle, el paradero y la micro, hasta la plaza y la feria, qué sentido tiene enfrentar los problemas de violencia sexual segregando a los hombres en sólo uno de ellos si seguiremos conviviendo en los demás.

En lugar de eso, parece mucho más certero apuntar a una intervención más ambiciosa, que incorpore la inclusión y la perspectiva de género en la planificación y gestión del espacio público en general. No apostar a la segregación, sino a la convivencia y el respeto.

Suena bien al decirlo, pero hacerlo es harto más trabajoso. Implica reorientar las prioridades, diseñar de otra manera, cambiar el foco de los recursos, fiscalizar y educar para erradicar la cultura de abuso y maltrato que tenemos asociada a la calle y la movilidad. Y no sólo en la relación de los hombres con las mujeres, sino también de los automovilistas entre ellos y con los peatones, de los jóvenes con los viejos y viceversa, de los manifestantes con los residentes, de los más acomodados con los más pobres, y así sucesivamente.

Sin embargo, el problema de la violencia sexual en el espacio público no puede ser uno más de esta larga lista. Su gravedad y su extensión ameritan un tratamiento especial, particularmente en lo referido a las niñas y adolescentes.

En ese grupo, la victimización por alguno de los tipos de ataques sexuales es prácticamente universal. Compruébelo en su entorno. Casi no existen mujeres que no hayan sufrido, antes de los 18 años, al menos un toqueteo, una frase soez o una persecución callejera.

Casi no existen mujeres que no hayan sufrido, antes de los 18 años, al menos un toqueteo, una frase soez o una persecución callejera.

Eso significa que, en la práctica, la primera experiencia sexual de la enorme mayoría de las mujeres ha sido una situación abusiva, intimidante y asquerosa. Así suele partir nuestra vida sexual y nuestra experiencia con los hombres.

Las estrategias para enfrentar este tipo de problemas deben articular varios planos y el primero de ellos es la participación. El espacio público y la movilidad, han sido diseñados históricamente por hombres y han priorizado las cosas que a ellos les importan. Esto debe comenzar a cambiar imponiendo en cada ejercicio de diseño el requisito de considerar la opinión de las mujeres, y también de los otros grupos de usuarios que los espacios tienen, incluyendo los niños y las niñas.

Es sorprendente todo lo que puede cambiar un lugar cuando se diseña con otros protagonistas, tanto en la distribución de los espacios como en su funcionalidad y su estética. Otras dimensiones de la participación son la educación y el empoderamiento.

En el primer caso estamos hablando de aprender a vivir juntos, nada más ni nada menos. Aprender a conocer y valorar las ciudades en que vivimos y las personas que las comparten con nosotros. El Estallido dejó en evidencia el gigantesco déficit que tenemos en esta materia.

El empoderamiento, por su parte, tiene varias dimensiones, pero para los efectos que estamos hablando aquí hay una fundamental: el control social. Los tipos que se dedican a manosear niñas en el Metro o en el paradero van a dejar de hacerlo cuando sientan que la sociedad no está dispuesta a tolerarlo más.

Hay formas cívicas y otras salvajes de movilizar ese control social. Las detenciones ciudadanas, las funas y los linchamientos están en el segundo grupo, pero la responsabilización colectiva por el bienestar de las niñas y adolescentes está en el primero, y ello incluye dejar atrás la indolencia ante este tipo de comportamientos, y reemplazarla por un estado de alerta y compromiso social que atraviese a todas las personas.

Si desarrollamos la capacidad de reaccionar con firmeza y tranquilidad cada vez que estas situaciones suceden alrededor nuestro, podremos tener resultados mucho más profundos y sostenibles que mandando a los hombres a un corral que los perpetúe como irredimibles abusadores en las calles y en nuestro transporte público.

Carolina Tohá