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book icon Domingo 21 de agosto de 2022

De una casa a una carpa: la cruda consecuencia de la inflación

Carmen Gloria López Carmen Gloria López

Si hace algunos años la lucha era mantener la problemática de la pobreza sobre la palestra, las alzas en los costos de la vida que estamos experimentando hicieron que el debate en torno a ella resurgiera con fuerza. Hoy, la inflación está afectando la vida de las familias más vulnerables, que, sumado a otros factores, pasaron de vivir en una casa a una carpa.

Carmen Gloria López

En los últimos años, muchas fundaciones luchaban por mantener la pobreza en la agenda pública. Una tarea nada fácil, considerando que cada vez eran menos las instituciones dedicadas al tema y que la segregación de la ciudad, el crecimiento económico, las carreteras y los malls empezaron a cubrir con letreros y luces neón los segmentos de pobreza que quedaban en Chile. Eramos un país que discutía la gratuidad universitaria porque aparentemente ya nadie aquí se moría de hambre. 

Mantener el problema de la pobreza visible era el dolor de cabeza de diversas organizaciones civiles que trabajaban con la pobreza multidimensional, cuando la clase media pareció tomarse la agenda. Lamentablemente, mantener esa problemática social en la agenda ya no es algo difícil. La pobreza ha vuelto a hacerse visible y con su peor rostro.

Esta semana, apareció la última medición de la canasta de alimentos que realiza el Ministerio de Desarrollo Social. La variación acumulada de la canasta superó el 20%. Subió a 58.003, casi diez mil pesos más que el año pasado en esta fecha. Esto significa que comer lo básico ha tenido un alza histórica, mucho mayor que la inflación total del país.

Este es uno de los insumos que usa la cartera para fijar quiénes son pobres. La línea de la pobreza se traza en el punto donde una persona ya no puede satisfacer sus necesidades básicas, incluida su necesidad de alimentarse al menos con 2 mil calorías al día por persona.  

En julio, esa línea se instaló en los 205.176 pesos. Cualquier persona que tenga menos de ese ingreso mensual está en pobreza, y si su ingreso está bajo los 136.784 pesos se le considera dentro de la pobreza extrema. 

Según los cálculos del Ministerio de Desarrollo Social, si pensamos en un grupo familiar de cuatro personas, dos de ellos menores y donde sólo uno de los progenitores trabaja, ese trabajador necesita un ingreso de 541.462 pesos para que su familia esté sobre la línea de la pobreza. Tarea difícil si cruzamos esto con los datos entregados por el INE en julio: más de la mitad de los chilenos registra ingresos menores a 457 mil pesos. 

La coordinadora del programa Pobreza, Vivienda y Ciudad del centro de estudios Libertad y Desarrollo, Paulina Henoch, dijo esta semana a La Tercera que 204.773 personas se sumarían a la pobreza. Es decir, 2.316.958 de chilenos no podrían satisfacer sus necesidades básicas. 

¿Cómo está cambiando la vida de quiénes están detrás de esas cifras? Las personas que han trabajado por años en sectores vulnerables dicen estar viendo dos fenómenos en aumento: el hambre y la falta de techo. 

“Me parece estar a veces a mediados de los 80”, me dijo Cecilia Ponce. Ella trabaja para el Hogar de Cristo, es subdirectora regional de la zona centro sur, que abarca desde Curicó a Tirúa. Recorre distintos programas sociales y tiene mucha calle. Empezó a sentir los primeros efectos el segundo semestre del año pasado, al salir de la pandemia. Pero este año se hizo más evidente la dificultad para acceder a alimentos y a vivienda. 

Primero, algunas familias que llevaban a sus hijos a jardines Junji han tenido que dejar las casas que arrendaban para instalarse con una carpa en un territorio tomado. El alza en alimentos -y el costo de la vida en general- les impide seguir pagando por un espacio. Esto ocurre en zonas como Curanilahue y también en Concepción. 

Hasta aquí, para muchos aparece como algo transitorio, un chaparrón del que esperan salir para lograr arrendar de nuevo un espacio donde vivir. Muchas veces son personas que estaban sobre el límite de la pobreza, pero que cayeron bajo este debido a las alzas.

También han aumentado las personas en situación de calle, en la zona centro sur pasó de 1.300 a 1.900 en pocos meses. A nivel país, el cálculo es de veinte mil personas.  

La cara más visible del aumento de la pobreza es lo que vemos desde hace un tiempo en el bandejón de la avenida principal de nuestra capital. Se juntan aquí tres fenómenos: el alza en el costo de la vida, la pérdida de puestos de trabajo formales y el fenómeno migratorio. 

Además, según Cecilia Ponce, aún estamos viendo rezagos de la pandemia, empleos que no lograron recuperarse, personas que salieron de la formalidad y no han logrado volver a insertarse. No se puede asegurar una correlación, pero la asistencia a la educación primaria está en un 40% en el país, lo que subraya uno de los factores de pobreza multidimensional y profundiza la marginalización de miles de niños chilenos. 

El segundo aspecto visible que Cecilia Ponce no observaba hace años, a pesar de tener tres décadas de trabajo en sectores vulnerados, es a familias buscando comida en la basura, gente que ella conocía y que al menos antes tenía para comprar un pan. Ya no son sólo personas en situación de calle, solas, con algunos problemas mentales. Ahora son familias que buscan su alimento diario allí.

Lo tercero que está siendo más frecuente que antes es el número de adultos mayores que ya no alcanzan a satisfacer una comida diaria, lo que obliga a los programas ambulatorios que los asisten a tratar de compensar esa falta de alimentación con esfuerzos de voluntarios. Además, han resurgido con fuerza los comedores solidarios. 

Lamentablemente, las organizaciones, fundaciones y juntas de vecinos que ayudan a estas personas, ven, por un lado, un aumento de la demanda por asistencia y, por otro, también experimentan un golpe en sus presupuestos debido a la inflación. El pan diario que se entrega en desayunos y almuerzos subió de 125 a 165 pesos, eso multiplicado por varias personas, por cada día y por todos los días del mes, tiene a varias fundaciones con grandes déficits. 

Un estudio de la Universidad San Sebastián, realizado en junio, determinó que la ciudad donde más ha subido el costo del desayuno es Arica. Si en promedio una familia gastaba el año pasado 74 mil pesos en desayunar, hoy ese costo ha subido a 90 mil 600 pesos. 

Como lo sabemos y tanto se ha dicho, la inflación es el peor impuesto para los pobres. Ya está dejando a varios de ellos sin el techo que tenían, sin la alimentación diaria que necesitan, con sus niños asistiendo menos al colegio, en un terreno tomado con bajas condiciones de salud, alejados de centros de formación y lugares de esparcimiento. Más visibles eso sí, para que ojalá no los olvidemos cuando se discuten políticas públicas, cuando decidimos donar, cuando contratamos a alguien.

(*) Carmen Gloria López es miembro del directorio del Hogar de Cristo



Carmen Gloria López