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book icon Domingo 4 de septiembre de 2022

Desigualdad democrática

Jorge Navarrete Jorge Navarrete

Hay coincidencia en describir una crisis mundial de la democracia, especialmente en cuanto a su necesidad, justificación y legitimidad ciudadana. Y aunque las explicaciones son muchas, suele echarse mano al argumento sobre la incapacidad de la política y sus instituciones para contener y ordenar la convivencia colectiva, donde los nuevos problemas que nos aquejan, como la crisis climática o los fenómenos migratorios, se suman a los antiguos tampoco bien resueltos, como el de la seguridad, la libertad o la justicia social. El fracaso parcial en la manera con que hemos abordado estos y otros desafíos, ha instalado a la desigualdad como uno de los principales flagelos de la sociedad moderna, lo que ha horadado la confianza en la democracia y sus posibilidades para transformar la vida de las personas.

Jorge Navarrete

Lo que hay de fondo

La razón pudiera ser muy obvia, aunque no necesariamente evidente. Soy de los que sostiene que la principal desigualdad no es económica ni social, sino que estos son sólo síntomas, frutos de la asimetría en la distribución del poder en general, y del poder político en particular.

Nuestro principal problema, la madre de todas las batallas, se refiere a la desigualdad en la influencia, visibilidad y capacidad para participar en las decisiones. Dicho de otro modo, la democracia está incumpliendo su más básica promesa: que las necesidades de todos los ciudadanos pesen lo mismo en la deliberación de nuestros asuntos colectivos.

En efecto, y si tomamos el “Estallido Social” como referencia, para muchos ese fue el clamor por la falta de condiciones objetivas de una buena vida: como son la salud, la educación, las pensiones o los salarios. Sin embargo, si lo miramos con un poco de más profundidad, esas carencias eran precedidas por un hastío más subjetivo y que apuntaba a la falta de dignidad, es decir, a la sensación de que habíamos construido una sociedad con ciudadanos de primera y segunda categoría.

Razones

Este deterioro de la democracia, que ha dado lugar a dictaduras y populismos de diversa orientación ideológica, tiene varias explicaciones, donde me interesa para efectos de esta columna, destacar sólo tres: la excesiva influencia del dinero en el espacio público, la pérdida de relevancia de los partidos políticos, y la precariedad de nuestras instituciones frente a los grupos de presión o los intereses de nicho.

Sobre el poder económico, ya el año 1980 Michael Walzer alertaba sobre el peligro de que los criterios de distribución de una esfera en particular, fueran utilizados de manera preponderante para distribuir los bienes en otros ámbitos de nuestra convivencia colectiva. El obsceno protagonismo del dinero en la política, tanto en la cantidad como en las formas, ha desvirtuado el principio básico de representación política, licuando los intereses de la mayoría y poniendo especial atención a los privilegios de una minoría.

A continuación, y profundizado por unas reglas del juego que tienen a perpetuar el poder de una cierta élite, esto ha contribuido a una cada vez mayor desconfianza hacia la institucionalidad política y sus reales posibilidades de transformar la vida de personas y comunidades. Esto ha convertido a los partidos políticos en organizaciones tan desacreditadas como irrelevantes. Todavía peor, la irrupción de una política de las causas e identidades, donde se resalta la figura y rol de los “independientes”, no es sino una consecuencia de cómo los partidos políticos son percibidos como una extensión de un gran club: que pareciera estar más preocupado de perpetuar sus privilegios y prebendas, que de verdaderamente representar los intereses ciudadanos.

Y quizás producto de estos dos antecedentes, y en tercer lugar, se consolida la tendencia de que el interés de pocas personas pero intensamente perseguido, será siempre más influyente y efectivo que el bienestar general, por definición más débil y difuso. Esta creciente particularización de la política y de privatización del espacio público, no sólo ha redundado en su irrelevancia y marginalidad, sino que ha acrecentado la brecha con los ciudadanos y el compromiso de éstos con su democracia.

Democracia y desigualdad

Puesto de esta forma, la más dura desigualdad no es la de ingreso o patrimonio, siendo ésta, insisto, sólo la consecuencia de un fenómeno más complejo y que se refiere a la desigualdad en el acceso a redes, relaciones, tanto de visibilidad como de influencia.

Vuelvo a Michael Walzer cuando decía que el principal problema de la sociedad moderna no es el monopolio sino el predominio. No es tan significativo que en el ejercicio de la competencia, ciertos ciudadanos sean definitivamente exitosos en un aspecto de la vida, incluso en desmedro de los demás. Lo complejo y difícil de aceptar es que, en nada más parecido a una alquimia social, por el hecho de ser exitoso en determinada esfera, eso necesariamente signifique que sean los mismos quienes siempre triunfan en las demás.

No hay peor rabia y resentimiento que aquel que deriva de la convicción de que, pase lo que pase, o hagan lo que hagan, siempre ganarán y perderán los mismos. El conocido slogan de una tarjeta de crédito, “hay cosas que el dinero no puede comprar”, se ha transformado en una quimera en muchos de nuestros países. La generación de riqueza es un problema cuando compra salud, educación, prestigio, honor, dignidad, reconocimiento social, incluso amor en muchos casos.

¿Qué hacer?

Tan importante como el objetivo, es la idoneidad y legitimidad del instrumento, como también de las formas y procedimientos. Requerimos afinar la puntería y volver a equilibrar la ecuación entre sentido y eficacia. Si hay algo que define a los progresistas, es que, a diferencia de otros, no creemos que las sociedades y los fenómenos que las integran, sean realidades naturales. Muy por el contrario, sostenemos que son construcciones colectivas, cuyo destino general y particular podemos alterar mediante el esfuerzo común, especialmente preocupados por las personas que viven una situación injusta.

Nuestra primera prioridad, entonces, es recuperar para el espacio público la democracia, y la confianza de los ciudadanos en su virtud y posibilidades, enarbolando un lenguaje y estética de lo colectivo, que honre al principio más básico de la representación política.

Claves básicas

Confieso que no tengo la respuesta a la pregunta ¿cómo se hace? Más bien me asisten ciertas intuiciones básicas, algo así como claves o reglas del debate público, las que debemos observar con más cuidado y que resumo en cinco.

La primera clave es ideológica. La orden del día es redistribuir poder, no sólo económico y social, como ya hemos apuntado, sino preferentemente político y territorial. La segunda clave es táctica o procedimental. El método es el mensaje, es decir, la forma y manera en que presentamos nuestro discurso y acciones, dice mucho más de nuestra voluntad y convicción que los resultados mismos. Tercero, una clave psicológica. Lo más objetivo es lo subjetivo, y nuestros cuadros técnicos tendrán que ponderar el valor de las emociones, los estados de ánimo y la capacidad para conectar con los sentimientos de nuestros electores. Cuarto, una consideración tecnológica, en la medida que vivimos una época de interacciones inmediatas, donde los ciudadanos ya no son sólo receptores de información sino que poseen los instrumentos para emitir sus propios juicios, verdades y rabias. Por último, una clave lógica, ya que es una locura pensar, parafraseando a Einstein, que podremos obtener resultados distintos si seguimos haciendo más o menos lo mismo.

En definitiva, cualquier decisión que adoptemos exige la incorporación y participación de aquellos que queremos representar, pues la más dura exclusión es aquella que no trata políticamente como iguales a todos los miembros de una comunidad. Sólo de esa forma, no por ellos sino con ellos, podremos recuperar para todos la democracia, donde no confundamos visión con voluntarismo, de la misma forma que tampoco popularidad con populismo.

Jorge Navarrete