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book icon Domingo 13 de marzo de 2022

Dispara usted o disparo yo

Angélica Bulnes Angélica Bulnes

Un conflicto de alcance global inesperado en Europa, sacado como conejo del sombrero por Putin, nos tiene a todos obligados a pensar sobre la guerra, y el feminismo no ha quedado fuera de la conversación.

Angélica Bulnes
La situación de la mujer y la guerra ha aparecido de muchas maneras. Aquí la comediante Natalia Valdebenito, por ejemplo, armó una gran rosca cuando tuiteó que el conflicto ruso-ucraniano era culpa de los hombres. No de uno específico, sino que de ellos en general, “del mundo de los hombres”. Le contestaron de todo y le pusieron toda clases de ejemplos -Margaret Thatcher, Catalina la Grande, María I de Inglaterra- para demostrarle que las mujeres también pueden son beligerantes.

Sin embargo, más allá de quién las empieza, son los hombres biológicos los que pelean las guerras o, más bien, los que no tienen otra opción que darlas. Quedó claro apenas comenzó la invasión rusa y el gobierno ucraniano prohibió salir del país a los hombres de entre 18 y 60 años. Con ellos obligados a quedarse, desde entonces hemos visto imágenes dramáticas: niños despidiéndose desde los trenes de sus papás, mujeres de todas las edades dejando a sus hijos, maridos, hermanos sin saber cuándo volverán a estar juntos o si volverán a verse. El horror de la guerra.

Paralelamente circulan también otras fotos, las de las mujeres que se han quedado. La economista jubilada que hace bombas molotov para resistir a los invasores, o la de la que les pasa semillas de girasol a un soldado ruso y le dice que se las meta al bolsillo para que cuando muera en el suelo que invadió crezcan flores en su tumba. La parlamentaria que aprendió a usar un rifle. Mujeres de todas las edades que se han quedado a pelear, a defender, a cuidar y son un símbolo más de de la resistencia ucraniana con la que Putin no contaba.

Pero hay una diferencia: salvo las 32 mil que están enroladas en el ejército y representan el 15 por ciento de su fuerza, las demás escogieron quedarse, por supuesto dentro de los estrechos márgenes de lo que significa elegir en una guerra. No así sus pares hombres.

Frente a esto, algunas personas no perdieron la oportunidad de usar la situación para banalizar el feminismo. Un tictokero estadounidense se preguntaba por qué las feministas andan tan calladas ante una situación tan injusta y un mensaje de un supuesto escritor circulaba por WhatsApp denunciando la falsedad de la ideología de género, porque no hay ninguna protesta ni ONU Mujeres ha exigido igualdad de cupos en la guerra. Pero no porque la pregunta sea hecha con mala fe, deja de haber en ella un discusión interesante.

Puestos en una situación de guerra, ¿por qué están los hombres obligados a dar la pelea en terreno? Cuando se asume que las mujeres son las que deben llevarse a los niños ¿no se refuerzan estereotipos y realidades que se quieren superar? Si hay una pareja compuesta por una doctora y un contador, ¿quién es más útil que se quede?

No es éste un debate inventado, existe desde hace décadas y se ha dado mucho en relación a los procesos de reclutamiento militar. A partir del tramo final del siglo XX varios países empezaron a recibir en igualdad de condiciones a las mujeres en las FF.AA., apertura que fue interpretada como una victoria y una reducción de los ámbitos vedados para ellas. Eso en la medida en que sea voluntario. Distinto es cuando la conscripción es obligatoria, una medida mucho más controvertida y que en el escenario actual se ha vuelto a poner en la agenda en algunos países. En los países en que existe obligatoriedad y se ha planteado extenderla a las mujeres, muchos grupos feministas se oponen tajantemente. Dicen que el ejército y la guerra son creaciones del patriarcado -el mismo argumento de Valdebenito- y que al incorporarse en estas estructuras las mujeres refuerzan la dominación masculina en vez de desafiarla. Otros grupos sostienen que hombres y mujeres no necesariamente deben ser tratados igual siempre o que, al plegarse, las mujeres legitiman la conscripción obligatoria.

No piensan lo mismo en Suecia. Ante el aumento de las tensiones desde Rusia y la dificultad de atraer suficientes reclutas voluntarios, el gobierno sueco reactivó el servicio militar obligatorio en 2018 y definió que fuera genero neutral, sin distinciones entre hombres y mujeres, la misma decisión que ya había tomado la vecina Noruega. Los dos países escandinavos son considerados lideres globales en políticas de igualad de género y les pareció que esa era la medida coherente con sus posturas.
La decisión de Noruega y Suecia no cerró la discusión, que sigue, pero sirve para mostrar algo más general: que el proceso hacia mayor equidad de género es uno que está en construcción y disputa y que en muchos casos concretos el feminismo no tiene una respuesta única. Por eso, ni feministas ni antifeministas deberían hablar como si la hubiera.

Angélica Bulnes