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book icon Domingo 21 de agosto de 2022

El curioso incidente de Salman Rushdie en Chile

Angélica Bulnes Angélica Bulnes

Algo alcanzamos a contar durante esta semana, pero ahora traigo el reporte completo de esta historia en la que se cruza un famoso escritor en peligro, Irán, Belisario Velasco, Scotland Yard, Arturo Fontaine y un bus repleto de periodistas locales con los ojos tapados. Esos extraños años noventa.

Angélica Bulnes

“La operación ha sido abortada”, dijo el policía de Investigaciones de Chile sin dar más explicaciones. Era la mañana del 16 de noviembre de 1995 y en esa época la institución aún no se llamaba PDI. Al otro lado del teléfono estaba Arturo Infante, que en esa época no era director de Catalonia, sino que representante de la editorial española Plaza & Janés.

El editor preparaba hace meses la llegada a Chile del escritor indobritánico Salman Rushdie, el mismo que hace algunos días fue apuñalado diez veces por un hombre en medio de una charla en Estados Unidos, lo que todavía lo mantiene hospitalizado. El pronóstico es que será una larga recuperación.

A mediados de los 90, Salman Rushdie llevaba seis años viviendo de forma clandestina y fuertemente custodiado. Tras publicar "Los versos satánicos", la novela de literatura fantástica que fue acusada de blasfema por el mundo musulmán, en febrero de 1989 el Ayatollah Khomeini, el líder supremo de Irán, llamó a matarlo a él y a quienes estuvieran asociados al libro, lo que entre otras cosas produjo el quiebre de relaciones diplomáticas entre Irán y Reino Unido, el asesinato del traductor japonés de la novela y obligó al escritor a vivir escondido por años.

Esto, hasta que decidió que tenía que seguir con su vida, y empezó a salir tímidamente y viajar a algunos países europeos. “Precisamente justo cuando estaba dejando las catacumbas, él y su editorial pensaron que era una buena idea venir a Sudamérica y empezar a mostrarse públicamente”, explica Infante, quien quedó a cargo desde la editorial en España de evaluar la visita a Chile.

No le podía contar a nadie, pero le pidió ayuda al escritor Carlos Franz, que trabajaba en la organización de Feria del Libro de Santiago, y decidieron invitarlo a dar un discurso de clausura a este evento literario, ante cientos de editores de distintas partes del mundo.

“Se realizaría un sueño: el primer lugar en el mundo donde Rushdie conseguiría hablar, libre y públicamente, sería en Santiago. De pasada, con ese gesto, la nueva democracia chilena, tan cuestionada internacionalmente, reafirmaría su compromiso con la causa de la libertad de expresión. ¡Y seríamos los primeros alguna vez!”, pensó Carlos Franz, según cuenta en una crónica titulada “Parábola del indio escamoteado”. Indio por el origen del escritor, ya entenderán el por qué del escamoteado. Indio por el origen del escritor, ya entenderán el por qué del escamoteado.

El autor de "Los versos satánicos" aceptó y, desde Londres, vino un enviado de Scotland Yard para organizar la seguridad. El director general de la Policía de Investigaciones, Nelson Mery, puso a un grupo a trabajar en el operativo. Se reunieron todos, pero el policía británico no sabía una palabra de castellano, y sus pares chilenos no entendían inglés, pese a los esfuerzos que hacía uno de ellos por seguir la conversación con ayuda de un diccionario.

Infante y Franz hicieron de no tan buenos traductores y se definió que lo alojarían en el Sheraton y las piezas a su lado serían bloqueadas. Aquí, en Chile, quedó a cargo del equipo un comisario, el mismo que llamó esa mañana de noviembre, cuando Infante iba saliendo a recibir a Salman Rushdie, para decirle que todo había sido cancelado.

Mientras tanto, al aeropuerto, apenas aterrizó el avión en el que venía el escritor y su tercera señora, Elizabeth West, llegaron los carabineros, quienes se llevaron a la pareja, dicen que con gran despliegue y en un helicóptero que se perdió de vista con rumbo desconocido.

El resultado es que a Infante, después de tres meses preparando ese momento, se le había perdido Salman Rushdie en Chile. Tras horas sin noticias del escritor, él, Carlos Franz y el alemán Olaf Hantel, representante internacional de Plaza & Janés que había viajado especialmente para el evento, llegaron a La Moneda y se reunieron con Belisario Velasco, eterno subsecretario del Interior en esos años, que justo ese día oficiaba de ministro del Interior, porque el presidente Frei andaba de viaje en Japón, y su superior, Carlos Figueroa, hacía de vicepresidente.

Velasco explicó poco: “Tenemos antecedentes...”, les dijo, pero no especificó cuáles. Tras largo rato, habló del ingreso de muchos iraníes por las fronteras, la posibilidad de una bomba, mientras el alemán rojo de rabia no entendía por qué en este país sudamericano no le devolvían al escritor, ni su agenda de actividades.

Nunca ha quedado muy claro qué provocó el incidente, si fueron las amenazas que hizo los días previos el embajador de Irán en Chile, o la disputa entre Investigaciones y Carabineros, o algo más. Pero eran tiempos inestables y paranoicos, y cualquier crisis sonaba a amenaza para la recién recobrada democracia.

El trío se fue sin avances y con angustia.

Mientras tanto, Salman Rushdie, según cuenta en su libro de memorias, Joseph Anton (el nombre que usaba cuando estaba escondido, mezcla de Joseph Conrad y Anton Chejov, dos escritores que admiraba), él había sido trasladado junto a su señora a una casa de seguridad de Carabineros. Los encerraron en una pieza que sólo se podía abrir desde afuera, con guardias armados en la puerta, les quitaron los pasaportes y nadie les explicó nada, para empezar, porque ninguno hablaba inglés.

Rushdie, quien sabía que estaba en un país que venía saliendo de una dictadura donde hubo gente desaparecida y en el que el dictador saliente era todavía comandante en jefe del Ejército, estaba asustado, lo que, a esa altura de su vida, condena de muerte iraní de por medio, no era algo fácil de conseguir.

Tras horas en esa situación, el autor consiguió que lo pusieran en contacto con la embajada británica. “Hemos estado todo el día tratando de saber qué había pasado con usted. Había desaparecido completamente del mapa”, le contestaron con alivio desde ahí.

A Arturo Infante le llegó después un llamado del editor en España, diciendo que el escritor estaba retenido por personal policial y algo dijo de un lugar Montt, gracias a lo que finalmente lo encontraron en una casa de la institución en Providencia, en la calle Manuel Montt. “Todavía me acuerdo del abrazo que me dio cuando llegamos”, dice Infante, que hasta entonces no lo conocía.

La diplomacia británica lo sacó de ahí. Esa noche hubo una comida en su honor en la embajada a la que llegaron escritores como José Donoso, Antonio Skármeta, el ministro del Trabajo, Jorge Arrate, y Mariano Fernández, canciller subrogante, quien recibió el reclamo del escritor. Lo alojó en Pirque, en la viña Concha y Toro, donde al día siguiente hubo un almuerzo de desagravio.

Pero el gobierno seguía oponiéndose a que tuviera actividades públicas, que era finalmente a lo que había venido, a salir a la luz pública y acabar con su vida acorralado por la condena de muerte. La entrevista pactada con la periodista Patricia Politzer para TVN, que se iba a realizar sigilosamente en la sede del Observatorio de Medios Fucatel que había sido peinada hasta con perros, fue cancelada. La presentación en la Feria del Libro, cancelada. Todo el programa acordado por la editorial e Investigaciones, cancelado.

Ahí intervinieron el escritor Arturo Fontaine, director del Centro de Estudios Públicos, y el académico y empresario David Gallagher, quienes usaron sus contactos y ofrecieron la sede del CEP para realizar un acto público.

El Ejecutivo aceptó y hasta a la antigua casona de Monseñor Sotero Sanz llegaron personeros como Raúl Zurita, Adriana Valdés y Oscar Hahn, quienes fueron revisados varias veces antes de entrar. No les fue mucho mejor a los periodistas: el Ministerio del Interior organizó una conferencia para calmar la ansiedad de los medios y convocó a varios reporteros a La Moneda. Luego de revisarlos, los subió a todos a un bus.

Iba entre ellos, por ejemplo, el escritor Rafael Gumucio, por el canal Rock & Pop: “Nos pasearon, éramos como 50 periodistas, nos pidieron que cerráramos los ojos. El bus dio hartas vueltas. Finalmente, cuando abrimos los ojos estábamos en el CEP (...) los periodistas serios estaban indignados”, detalló.

En otro asiento iba sentada una casi recién salida de la universidad, Constanza Santa María, que no recuerda si les vendaron los ojos, o las ventanas estaban tapadas, pero sí que no tenían idea ni podían ver a dónde los llevaban.

Todo este extraño episodio dejó varios testimonios, algunos le ponen más Hollywood que otros a los detalles, pero en general coinciden en la secuencia de los hechos. Está el video completo de la conferencia en el CEP, y una entrevista que le hicieron Fontaine y Gallagher, que viene con una larga introducción contando cómo pasaron las cosas, además del texto de Carlos Franz y una crónica del poeta Oscar Hahn.

         

Y, por supuesto, que está el testimonio que dejó el protagonista en sus memorias de su accidentado paso por Chile. Ahí explica que luego de que fueron liberados él y su señora, tuvieron algunos buenos momentos, les gustó especialmente la viña Concha y Toro, pero estos recuerdos se desvanecieron rápido. En cambio, dice, las imágenes de su breve “desaparición”, en manos de Carabineros, no se esfumaron tan rápido. “Chile no se sintió como un país al que dieran muchas ganas de regresar pronto”, dijo. De hecho, nunca lo ha hecho.

Lo menos que podemos hacer ahora, desde aquí, es desearle a Salman Rushdie una pronta recuperación después del mal rato que alguna vez le hicimos pasar.

Angélica Bulnes