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book icon Domingo 17 de abril de 2022

El micromundo de una discoteca

Marisol García Marisol García

Los lugares, comunidades, modas y códigos en torno a lo que pasa en la pista de una disco pueden dar para estudio. “Gente Común. Una Historia Oral de la Blondie” es un ejemplo de ello.

Marisol García

Están los que creen que el baile en grupo es una actividad menor, apenas una distracción en períodos de ocio. Y están los que saben —sabemos— que bailar es algo que puede tomarse muy en serio como tema de análisis cultural e investigación sobre nuestras costumbres sociales.

Están, incluso, quienes al baile le dedican documentales. O libros.

Porque bailar nunca se trata sólo de bailar. Los lugares, comunidades, modas y códigos en torno a eso que pasa en la pista, pueden dar para estudio. Piensen, por ejemplo, cuánto se ha dicho y reflexionado sobre lo que pasó en torno a la onda disco, en los años 70.

“Gente Común. Una Historia Oral de la Blondie”, el nuevo libro del periodista chileno Rodrigo Fluxá, trata precisamente sobre las mil hebras atadas en torno a una pista de baile. En este caso, la de la discoteca santiaguina con más identidad de las últimas décadas.

La decisión más acertada de este libro es, precisamente, su formato. Elegir contar una "historia oral" le da a los entrevistados —son decenas de ellos y ellas— el protagonismo de un relato que ninguna crónica hubiese podido contar tan bien al detalle.

Elegir contar una "historia oral" le da a los entrevistados el protagonismo de un relato que ninguna crónica hubiese podido contar tan bien al detalle.

Están los asistentes frecuentes, como José, que en la página 129 dice: “Me daba pena cuando se acababa la fiesta. Pena profunda, como una angustia, una nostalgia”. También están quienes iban allí a asumir un personaje, como el performer K-Mil, quien sentencia en la página 105: “Para mí la Blondie es el lugar más democrático de este país. Todos podíamos ser quienes quisiéramos y nadie te decía nada. Era hecha para nosotros, los especímenes raros de la noche”. Están los guardias, los DJs, los productores y los del negocio. Todos son observadores de un fenómeno que se sabe, es único.

“El alma de la Blondie es el lugar. Nadie es más grande que la Blondie en sí y que su gente”, dirá Patricio en la página 170. Se trata exactamente de eso.

También aparecen entrevistados músicos chilenos, como Javiera Mena, Camila Moreno, Silvio Paredes, integrantes de Lucybell, de Canal Magdalena, de Glup y de Pánico, entre otros. Uno lee y no tiene claro si les entusiasmaba más ir allá a trabajar en el escenario o a mezclarse en la pista de baile.

Recuerdo un muy buen libro de hace unos años sobre la historia de la pista de baile contemporánea en grandes urbes de Europa y Estados Unidos. Se titula “Anoche un DJ me salvó la vida”, de dos autores británicos.

Recojo una cita de ahí:

“En una discoteca, incluso en una mala, quienes bailan celebran su juventud, su energía, su sexualidad. Homenajean la vida a través del baile y la música. El DJ es la clave en todo eso. Pinchar discos no se trata sólo de elegir canciones, sino de generar ánimos compartidos, comprender los sentimientos de un grupo de personas y llevarlas a un mejor lugar. En las manos de un maestro, las canciones de baile se vuelven herramientas para rituales de comunión espiritual que para muchas personas pueden ser lo más poderoso que les suceda”.

¿Que el baile no importa? Más bien todo lo contrario. “Gente Común. Una Historia Oral de la Blondie” es la prueba de que un enorme subterráneo, junto a la estación de metro Unión Latinoamericana, tuvo un peso en la sociedad chilena reciente más allá de lo que el mundo oficial allá afuera se imagina.

Marisol García