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book icon Domingo 14 de agosto de 2022

El todo por el todo: el nuevo disco de Beyoncé

Marisol García Marisol García

“Renaissance”, el último álbum de la cantante, es un despliegue apabullante de recursos que, además de no medir costos, dirigidos al oído y a la pista de baile, es maximalista, sin contención ni timideces de ningún tipo.

Marisol García

Si ustedes buscan los créditos del nuevo disco de Beyoncé van a ver no uno, ni dos, ni tres productores a cargo: son 21. A eso, se suma que el número de los estudios en los que se grabó “Renaissance”, puesto a la venta hace dos semanas, fueron 14, y en diferentes ciudades de Estados Unidos.

Y la cantidad de sampleos o citas a los que se les da crédito —o sea, extractos de otras canciones usados para estas nuevas melodías— son 23, y van desde Donna Summer al "I'm too sexy" de Right Said Fred.

Vaya conteo. Lo primero que podemos concluir es que “Renaissance” ha sido un disco carísimo de hacer.

Pero hablando en un plano más profundo, quiero comentarles a continuación cómo es que suena —y brilla— un trabajo con tantos pero tantos recursos a disposición.

 
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Beyoncé hace un disco como éste, primero que todo porque se lo puede permitir. Desde su debut como solista, hace 19 años, la impronta de la cantante es fundamental en el pop mundial: con hits y megahits constantes, con giras y conciertos siempre comentados por su despliegue audiovisual, y con ganancias financieras que ya en 2008 la ubicaban como una cantante incluso más rentable que Madonna o Celine Dion.

En diferentes rankings su nombre ha aparecido como el de la mujer “mejor pagada del espectáculo mundial”, mitad de la dupla “más poderosa de la industria musical” —ella y su marido, Jay-Z— y, como anunció una vez MTV, “la música o músico de raza negra mejor pagado de la historia”.

Beyoncé es rostro publicitario de grandes marcas multinacionales, desarrolla líneas de moda para megaempresas de ropa y de calzado, y mantiene una productora que provee de representación, asesoría y productos promocionales a clientes del mundo del espectáculo, con una sede en Nueva York y otra en Los Ángeles.

En resumen: puede invertir en su música cuánto quiera y sueñe. Si mantenerse como referencia creativa le exige aliados y recursos costosos, pues es parte de la dinámica de rentabilidad asociada a su nombre. Recordemos que hace un par de años hasta se permitió financiar un video suyo al interior de nada menos que el Museo del Louvre, en París.

“Renaissance” es un disco caro y lleno de detalles inaccesibles para un músico promedio. Pero no es sólo eso. Es también una propuesta de música de baile y de pop electrónico plagada de buenas ideas y estimulantes resultados.

Recomiendo escuchar el séptimo disco de Beyoncé como si fuese la mejor de las mezclas dance. Va del house al disco, del hip-hop al tecno, y lo hace a lo grande: marcando bien los pulsos, con quiebres frecuentes de un pasaje a otro, en un despliegue que hace de cada una de las 16 canciones, piezas complejas y desafiantes en sí mismas. Son texturas sobre texturas. Beats sobre beats. Las voces suyas, y las de invitadas tan icónicas como Grace Jones. Sin pausa ni medida.

En palabras políticas, es un disco maximalista, sin contención ni timideces de ningún tipo. Eufórico, ambicioso, a la vez propositivo y atento a la tradición a la que le rinde homenaje: el todo por el todo al oído y a la pista discotequera.

Y es que precisamente también hay frases de manifiesto político: antirracista y feminista. Pero es su sonido enorme lo que primero se queda en los oídos. Y, claro, en las caderas.

Marisol García