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book icon Domingo 24 de abril de 2022

Francia o el apocalipsis zombi de la política

Paz Zárate Paz Zárate

Por qué los resultados de la elección presidencial en Francia deben importarnos mucho más que de costumbre.

Paz Zárate

Con la guerra en Ucrania, el escenario internacional ha estado tan intensamente acontecido durante estos dos meses -y promete seguirlo estando-, que poco espacio queda para mirar otros eventos que suceden más allá de nuestras fronteras. Pero la elección en Francia debiera constituir una excepción. Pongámoslo en contexto.

El mundo vive hoy la guerra más importante desde 1945, donde se enfrentan, en el continente europeo, Occidente versus una superpotencia nuclear. La invasión de Rusia a Ucrania está reconfigurando, tanto en lo político como en lo económico, el orden mundial existente desde el fin de la segunda guerra. Y aunque el conflicto ocurre en territorio ucraniano, la Unión Europea está completamente involucrada en él.

Ahora bien, dos naciones son las fundadoras de este proyecto supranacional: Alemania y Francia.

La primera, a raíz de la guerra, está revisando críticamente paradigmas básicos, incluso identitarios, de su gobernanza. Tan es así, que las alabanzas al largo mandato de Angela Merkel parecen haberse desvanecido. Este país está comprendiendo dos cosas fundamentales:

1) que el libre comercio no fue suficiente para calmar la ambición del autócrata que les vendía gas; y

2) que separar la política energética de las políticas de defensa, comercio y exterior es, en consecuencia, una mala idea.

¿Y qué pasa con Francia? Hace años que este país vive un proceso de crecientemente violento conflicto social y de real degradación de la política. Incluso para aquellos no familiarizados con Francia, los aspectos más salientes del panorama galo les parecerán interesantes, e incluso algo familiares. Revisémoslos.

¿Y qué pasa con Francia? Hace años que este país vive un proceso de crecientemente violento conflicto social y de real degradación de la política.

La primera vuelta mostró que la centroderecha y la centroizquierda, que tradicionalmente han gobernado el país, están hoy prácticamente muertas. Ni siquiera liderazgos políticos femeninos han podido revertir la caída libre de ambos lados.

Tal es el desprestigio de la política tradicional que el actual presidente (Macron fue militante PS) tuvo que crear su propia pyme instrumental, que se declara “ni de izquierda, ni de derecha”.

¿Cómo llegaron los grandes partidos a la total irrelevancia electoral? Una causa son los graves escándalos de corrupción tanto material, como moral, de sus gobernantes de los últimos 40 años, incluyendo presidentes, primeros ministros y otros miembros de gabinetes.

Entre los antecesores inmediatos del actual mandatario, tenemos un socialista caracterizado por su inercia y debilidad moral ante la corrupción y la desigualdad (Hollande); y un egocéntrico centroderechista condenado a tres años de cárcel por financiamiento electoral ilegal y tráfico de influencias (Sarkozy). Además, el movimiento MeToo ha llevado a una revaluación de figuras históricas que hoy se revelan como depredadores sexuales (Chirac, Mitterrand, Giscard d'Estaing).

Por otro lado, la migración permanece como un gran problema social a través de los años. La intolerancia ha derivado no en simple delincuencia sino en terrorismo, al cual ningún gobierno logra poner atajo. La noción de república y de laicismo, no han bastado como fórmulas para articular soluciones.

A esto se une la insatisfacción con la economía: más allá de indicadores favorables en el contexto regional, las encuestas muestran una alta sensibilidad a la falta de movilidad social ligada al sistema educativo y a desigualdades de ingresos que impuestos y transferencias sociales no alcanzan a compensar. Las manifestaciones de “chalecos amarillos” canalizaron esta indignación, así como un sentimiento antiglobalización y anti integración que también es visible en otros países OCDE.

Finalmente, una buena parte de la población siente que la identidad del país, ante la corrupción en la política, la migración y la globalización, se encuentra amenazada. El deseo de orden se traduce entonces en nostalgia por una noción antigua, incluso romántica, de un Estado poderoso, de mano firme, y de una soberanía ensalzada por movimientos que dicen ser “patrióticos” y encarnar el “sentido común”, aunque en realidad se mueven entre el nacionalismo, el populismo y el fascismo.

Una buena parte de la población (francesa) siente que la identidad del país, ante la corrupción en la política, la migración y la globalización, se encuentra amenazada.

Desde nuestro rincón del mundo, ¿va sonando conocido el escenario en esta historia?

Vamos a las expectativas. Las encuestas -aunque a veces se equivocan, y mucho- muestran que, si la abstención electoral puede ser mantenida a raya, el incumbente centrista, afirmado aún en su pyme política instrumental, obtendrá la reelección.

Pero eso, a quienes nos importa la democracia, no debería tranquilizarnos. En el actual contexto económico y sanitario, el auge del nacionalismo, el populismo y el fascismo incrementarían el riesgo de una guerra europea aún más grave que la de hoy (y cuyos coletazos nos llegan a todos).

La clave del caso francés es el desmadre absoluto de los principales partidos - porque en el país que tiene un Estado de Bienestar entre los mejores del mundo, hace tan sólo dos semanas la mitad del electorado demostró estar profundamente insatisfecho; optó, entonces, por candidatos de extrema derecha o extrema izquierda, que ofrecen soluciones radicales a los problemas del país, los que la pandemia agudizó.

Ante esto, Macron ha dicho que “los partidos [políticos] están anclados en una división que no se corresponde con la realidad”; que “la verdadera división está entre progresistas y conservadores”; y que su movimiento político es una “coalición amplia de socialdemócratas, liberales, centristas, ecologistas y sobre todo de ciudadanos que nunca han tenido compromiso político”. Las preguntas que surgen ante estas definiciones son:

El único actor político que detiene hoy a los extremos, la pyme instrumental macroniana, ¿cuánto más podrá sobrevivir al tuttifrutti interno? Y más importante que eso, ¿podrá sobrevivir a su propio creador, considerando que sus grandes defectos son su arrogancia y vanidad ilimitadas?

Por otro lado, ¿qué tan fácil sería, en un país apegado a las tradiciones, que los extremos apuesten por la novedad para volverse más atractivos? ¿Serán los veteranos (Le Pen en la derecha y Mélenchon en la izquierda) finalmente reemplazados por figuras jóvenes y carismáticas que atraigan los votos que faltan -cada vez son menos- para ser realmente competitivos?

Y finalmente… ¿qué podrían hacer la centroizquierda y la centroderecha para reconstruirse, y levantarse del cementerio de la irrelevancia? Sólo tienen el 2% y 5% del electorado, respectivamente. Hasta hoy no han conseguido nada.

El estado de las cosas justifica no perderle pista, desde Chile, a cómo Francia da respuesta a estas preguntas.

Paz Zárate