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book icon Domingo 15 de mayo de 2022

La arriesgada maniobra que trajo de vuelta a las feministas que Putin odia

Pilar Rodríguez Pilar Rodríguez

La huida de Rusia de una de las líderes de Pussy Riot revivió al colectivo punk que ahora gira por Europa y Estados Unidos reuniendo fondos para Ucrania. Jóvenes veinteañeras que transgreden las normas férreas de Vladimir Putin. Son las peores embajadoras que pudo imaginar el presidente ruso. Y hay más…

Pilar Rodríguez

Camuflada en un traje verde -simulando ser repartidora de comida-, Maria Alyokhina, “Masha”, se lanzó a cruzar la frontera rusa, sin pasaporte. Sólo llevaba un documento de viaje que le habían conseguido, para pasar como ciudadana europea. Una maniobra arriesgada, una más en la trayectoria del grupo feminista punk ruso, Pussy Riot, que, literalmente, ha revolucionado las calles con su arte político.

Enemigas acérrimas de Vladimir Putin. Desafiantes y contestatarias. Un dolor de cabeza permanente para el régimen de Moscú, que intenta acallar su activismo con cárcel y sanciones.

Una docena de jóvenes resueltas. Enemigas acérrimas de Vladimir Putin. Desafiantes y contestatarias. Un dolor de cabeza permanente para el régimen de Moscú, que intenta acallar su activismo con cárcel y sanciones. Las acusó de ser “agentes extranjeros” y no hizo más que amplificar su voz en el mundo y las redes sociales, levantando voces solidarias de Madonna, Paul McCartney o Yoko Ono. 

Para ellas, no hay límites, ni lugares prohibidos. Se han plantado en la Plaza Roja de Moscú, en las narices del Kremlin; han escalado hasta el techo de la cárcel, con sus guitarras eléctricas y cantando a todo pulmón letras ácidas y punzantes, que piden a gritos libertad y que se vaya Putin.

Vestidas con coloridos atuendos, esconden sus rostros con vistosos pasamontañas. Los usan de colores, jamás negros, porque dicen que no quieren ser confundidas con delincuentes o malas personas. Un símbolo de que cualquiera puede sumarse a la causa. Algo así como “todos somos Pussy Riot”.

Un periodista le preguntó al presidente ruso qué opinaba de este movimiento transgresor. El respondió socarronamente: “¿cómo se llaman?”. Claro, porque hasta el nombre le resulta incómodo. En español se traduciría algo así como la revuelta o la revolución de las vaginas. 

Masha, una de las líderes feministas de Pussy Riot, hoy está a salvo en Islandia. Aparentemente, porque en Rusia está entre las personas más buscadas, desde que burló su detención domiciliaria, quitándose el dispositivo electrónico con GPS de su tobillo. Estaba recluida por violar el confinamiento en pandemia y por organizar un acto de apoyo al disidente emblemático, Alexei Navalny. Un pecado mortal para el régimen.

¿Quiénes son las tres líderes de este colectivo que se atreven a decir que no tienen miedo a la mano férrea del presidente ruso?

Las llamaremos por sus apelativos, más simples que sus nombres compuestos: Nadya, Kathia y Masha. Hoy rondan entre los 33 y los 40 años, pero cuando saltaron a la primera fila tenían apenas 20, dos de ellas ya eran madres y estaban estudiando en la universidad pública: filosofía, arte, periodismo e ingeniería. Inquietas, todas muy buenas estudiantes. Una generación nacida en las postrimerías de la Unión Soviética, en hogares que palparon necesidades económicas y profundas desigualdades. 

Nadya, la más joven de las tres y oriunda de una localidad al norte de Siberia, fue criada como “una pequeña bolchevique”, según diría su padre, por una abuela comunista de fuertes convicciones.

Masha, fanática de las Spice Girls y nacida en Moscú, despuntó desde niña como defensora de las causas injustas, con sus compañeros de clase. Madre soltera, ecologista radical y vegetariana, encontró entre sus amigas una causa que movilizaba su profundo malestar.

La tercera de las caras visibles es Kathia, la mayor con 40 años, nacida también en Moscú. Una ávida lectora de filósofos revolucionarios y escritoras feministas, abanderada contra toda discriminación y seguidora del arte rupturista, como su madre.   

Las raíces de este movimiento feminista, anticapitalista y anarquista, arrancan de otro aún más rupturista. Las tres líderes se conocieron en el colectivo Voina, con v corta, que en ruso significa “guerra”.

Las raíces de este movimiento feminista, anticapitalista y anarquista, arrancan de otro aún más rupturista. Las tres líderes se conocieron en el colectivo Voina, con v corta, que en ruso significa “guerra”. Entre otras muchas provocaciones o performances, irrumpieron en un museo con parejas desnudas simulando escenas de sexo, una de ellas con ocho meses de embarazo; colgaron una gigantografía con un pene frente al edificio de la KGB; y una de las más bulladas: se abalanzaron a las calles y el metro para besar sorpresivamente a las mujeres policías. Todo, en protesta contra las instituciones del régimen.    

Su popularidad no es siempre incondicional entre quienes quieren conquistar más libertades en Rusia. Su debut como Pussy Riot fue quizás el mayor paso en falso de las veinteañeras. No solo interrumpieron una misa en la catedral ortodoxa de Cristo Salvador en Moscú, en 2012. Se subieron al altar y protagonizaron un atrevido baile con gritos y cantos implorando a la Virgen que liberara al pueblo de las garras de Putin. Una afrenta imperdonable para los fieles y la jerarquía cercana al presidente, que les valió un mediático juicio público y dos años de cárcel en las gélidas tierras de Siberia. 40 segundos de fama, que pagarían tan caro como 16 horas diarias de trabajo, mala alimentación y condiciones muy precarias, según denunciarían públicamente.

Su debut como Pussy Riot fue quizás el mayor paso en falso de las veinteañeras (...) 40 segundos de fama, que pagarían tan caro como 16 horas diarias de trabajo, mala alimentación y condiciones muy precarias, según denunciarían públicamente.

Hoy, prácticamente todas las fundadoras de Pussy Riot entran y salen de Rusia, con algunas restricciones, como fue el caso de Masha. El movimiento no ha muerto y otros han tomado la posta en las tierras rusas. Ellas publican libros, encabezan recolección de fondos para Ucrania y actualmente están de gira por Europa y Estados Unidos con un montaje artístico inspirado en sus ideas. Musas para nuestro colectivo Las Tesis, entre otros movimientos, que transitan entre causas políticas y el peso de la fama mundial.

Las Pussy Riot siguen empujando la salida de Vladimir Putin. Y sin complejos, sentencian: “Estamos seguras que no querría enfrentarse cara a cara con nosotros”

Pilar Rodríguez