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book icon Domingo 27 de marzo de 2022

La ceremonia de nunca acabar

Antonio Martínez Antonio Martínez

En el mundo se realizan unos tres mil festivales de cine al año y Hollywood ha conseguido que la mayoría de ellos apunte a un solo destino: el Oscar.

Antonio Martínez

Es la nonagésima cuarta versión de los Oscar, es decir la número 94, y si para todos los participantes importa, más importa para el pequeño Reino de Bután, que está por Asia, con apenas un millón de habitantes, el jefe de Estado se denomina Rey Dragón y la película “Lunana: un yak en la sala de clases” postula al Oscar a Mejor Película Internacional.

Es la primera vez para Bután, como alguna vez fue la primera vez para otros países: Moldavia, Costa de Marfil o Montenegro. O el 2013, fue Chile, con “No”, de Pablo Larraín.

El resultado es que casi un centenar de películas internacionales buscan nominación y premio. Las academias locales de cada país votan y eligen una, y esa una es enviada a Los Ángeles, y un jurado escoge un invento reciente: la short list. O sea, son listas cortas que alargan la competencia, porque de eso se trata, de no bajar la guardia ni la tensión y estar corriendo. Primero un centenar -entre ellas Bután-; en diciembre solo quedaron 15 y el pasado febrero, las cinco definitivas.

La película que representa a Bután, “Lunana: un yak en la sala de clases”, del director Pawo Choining Dorji, en realidad, es del 2019 y de hecho ya fue distinguida en el Festival de la Montañas de Ulju (por Corea del Sur), en el festival de San Juan de Luz (Francia, bajando los Pirineos, hacia la costa), o en los certámenes de El Cairo, por Egipto, y en el de Kolkata (por la India), en fin, también en el festival de Wisconsin, pero es evidente que los Oscar de Hollywood, con el poder que tienen, ven cuando quieren, nominan cuando quieren y, para decirlo en corto: hacen lo que quieren.

En el mundo no hay una cifra precisa, pero algunas indican que se realizan unos tres mil festivales de cine al año. Los Oscar han conseguido que la mayoría de esos festivales funcionen según la fórmula de una competencia escalonada que va remontando el año, mes a mes y a medida que se realizan, tanto el de Shanghai, como el de Gijón o el de Karlovy Vary, por República Checa.

A veces coinciden y se atropellan, pero la lógica de los festivales se complementa con los premios de cada país -César, Goya, Platino, Bafta o Ariel- y desde luego con las asociaciones de críticos que, según la costumbre, premian lo que ven y también lo que se mueve.

Todas las competencias apuntan a la mayor de todas y hacia allá se dirigen: los Oscar de Hollywood. Lo que ocurre en los festivales, premios y galardones de los críticos, son indicios de lo que podría suceder, señas de posibles ganadores, brújulas de favoritos. ¿Dónde? En la mayor competencia del mundo.

Las justas europeas, los prestigiosos Berlín, Cannes o San Sebastián, funcionan como indicadores previos de las ideas que flotan en torno a esa competencia magna que cierra un ciclo anual, y una temporada de caza y trofeos.

Y no hay mejor aliado para los Oscar que la prensa de espectáculos, donde cada festival y cada premio independiente o satélite, son peldaños para la escalera de Hollywood. La cobertura de los medios es un asunto semanal, tantas veces diario, y casi una sección fija que reportea la competencia que se extiende por cada uno de los festivales del mundo.

Palma, León, Oso, Leopardo o Globo de Oro. Pero también Biznaga, Giraldillo o Espiga de Oro. O la estatua ecuestre del emperador romano Marco Aurelio o el Premio Tigre de Rotterdam.

Son las cuentas del rosario, etapas que se queman, antecedentes y una larga peregrinación que, así como termina -fue la edición 94- es así como empieza: nonagésima quinta.

El Oscar es una historia sinfín y una ceremonia de nunca acabar: la mayor competencia del mundo.

Antonio Martínez