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book icon Domingo 27 de marzo de 2022

La ciudad es una escuela

Carolina Tohá Carolina Tohá

El mural de contenido erótico en el parque San Borja desató una polémica válida, pero no es el mayor problema para los chicos y chicas que circulan por ese barrio.

Carolina Tohá

En estos días se abrió una polémica por la aparición de un mural de contenido erótico en las inmediaciones del parque San Borja. La preocupación estuvo focalizada en el impacto que podría tener para los niños y niñas que circulan por el lugar, el encontrarse con escenas de contenido sexual explícito para el cual no están preparados.

Sin duda, se trató de un debate válido y de una preocupación atendible. Un mural de ese tipo en medio del espacio público es un descriterio y contradice el deber de cuidado hacia la niñez. Sin embargo, me atrevo a decir que el interés que generó, habla más del morbo que ocasiona en nuestra sociedad todo lo sexual, que el afán de protección de las niñas y niños.

En efecto, con todo lo desubicado que es el mural de San Borja, está lejos de ser el mayor problema para los más chicos que circulan por ese barrio. Incluso en materia de murales y rayados, el sector está plagado de mensajes mucho más violentos, sexualizados y agresivos que el mural en cuestión, desde invitaciones a matar, quemar o violar a personas y grupos, hasta llamados a la venganza o incluso a la guerra.

A ello sumemos el estado habitual de las calles, que para un niño o una niña es altamente perturbador y peligroso: vidrios rotos en veredas y parques, semáforos que fallan semanalmente, en particular los peatonales, hombres que orinan donde les viene la gana, barreras anti disturbios que parecen barricadas bélicas en plena Alameda, personas viviendo en la vía pública en pésimas condiciones, edificios quemados y ventanales tapiados.

Si de verdad nos importa lo que le pasa a los niños y niñas en la calle, debiéramos ponerle ojo a todo lo anterior.

Mirar la ciudad desde la perspectiva de la niñez no está en nuestras preocupaciones habituales. Sin embargo, hay un amplio desarrollo en el urbanismo que ha puesto atención a esta dimensión, relevando el enorme efecto de la experiencia urbana en la vida cotidiana de una persona que está en pleno desarrollo. Según esta mirada, pensar la ciudad desde los más pequeños y pequeñas es la mejor receta para hacer mejores ciudades no sólo para ellos, sino que para todas las personas.

La calle es por definición el lugar donde nos encontramos con los extraños. Allí aprendemos a mirarlos y nos hacemos una idea de cómo son. Generalmente, niños y niñas crecen con el mensaje de rehuir de la calle y no acercarse a los extraños, lo que es consecuencia de un natural instinto de protección de madres, padres y cuidadores.

Sin embargo, rara vez tomamos consciencia del efecto que tiene ese mensaje en la formación de percepciones sobre las demás personas y en la forma de relacionarse con ellas. Cuando crecemos escuchando que el encuentro con los extraños y la mezcla con los que son distintos es un peligro que hay que evitar, aprendemos literalmente a hacerlo y así actuamos el resto de nuestras vidas.

Así, las ciudades que aceptan el degrado de su espacio público como un síntoma más de muchos otros males, no hacen más que profundizarlos y generar una cultura de rechazo a la convivencia y de repulsión a los otros. Es un profundo error que se paga caro, porque la calle no es solo un síntoma de lo que somos, sino también un factor que lo condiciona.

El degrado del barrio San Borja y de todo el sector cercano a la llamada zona cero, no es casualidad ni se explica por negligencia municipal. Es consecuencia de un conflicto social y político de proporciones. Este análisis no pretende minimizarlo ni obviar las dificultades de recuperar el sector.

Lo que pretende, en cambio, es sembrar conciencia del efecto que ello tiene para las personas que circulan por ahí todos los días, que superan el millón, y especialmente para los niños y las niñas. En ellos estamos sembrando miedo, odio y desconfianza. En ellos estamos inculcando la idea de que el espacio público es el lugar donde descargar todas nuestras furias, aunque sea a costo de hacerlo inhabitable. Y así lo aprenderán.

Las autoridades le hacen el quite a este problema. De hecho, uno no sabría decir quién está a cargo de resolverlo. Nadie quiere quemarse y cargar con el peso de un esfuerzo que será gigante y sin éxito asegurado, demandará tiempo y múltiples recursos. A decir verdad, tampoco se percibe que la ciudadanía esté muy impaciente por soluciones que reviertan la situación, salvo medidas acotadas en el ámbito de la seguridad.

A este paso, es posible que estemos decidiendo, sin reconocerlo, dejar caer la Plaza Italia y sus alrededores, con todo el impacto que ello representa en cuanto a fracturar aún más nuestra ciudad, incrementar la segregación y sacrificar uno de los pocos espacios de integración y mezcla social que teníamos.

Estamos acostumbrados a pensar que el costo de esa renuncia es la fealdad, el aumento de los delitos, el deterioro del patrimonio, el empobrecimiento de los emprendedores, la pérdida de empleos y de espacios culturales.

Ahora, gracias al mural pornográfico de San Borja, podemos agregar que un costo adicional, quizás el más vergonzoso, es vulnerar a niños y niñas en su derecho a recibir protección y cuidado de parte de los adultos.

Carolina Tohá