Click acá para ir directamente al contenido

book icon Domingo 3 de abril de 2022

La diferencia entre protestar y cancelar

Marisol García Marisol García

Mientras el boicot cultural a Rusia arrecia, desde Ucrania comienzan a llegar las voces de protesta de un pop totalmente desconocido por estos lados hasta hace dos meses.

Marisol García

Lo que suena de fondo es un grupo llamado Vagonovozhatye, y tenemos que agradecerle a Vladimir Putin haberlo conocido. Lo mismo con el dúo folk Go_A, el solista en electrónica Anton Slepakov o el trío punk Beton: todos ellos músicos jóvenes de Ucrania que hoy levantan la voz al mundo para que no olvidemos que su país se encuentra bajo una injustificada e implacable invasión.

¿Qué sabíamos de pop ucraniano hasta hace dos meses? ¿Cómo íbamos siquiera a conocer de su existencia? Una cosa es buscar ponerle atención a la música de países exóticos —esa, tan mal llamada "world music"—, y otra diferente es que músicos bajo ataque bélico se esfuercen por captar nuestra atención, pues en eso se les va la vida a ellos y su cultura.

"Kyiv calling" es un cover grabado por el grupo Beton bajo bombardeos, que cambia la letra y le pone aún más urgencia al clásico "London calling", de The Clash. El muy nutrido género de la canción política tiene hoy en Ucrania un brazo tan justificado como novedoso: su valor está en la decisión, en convertir el canto y la interpretación de un instrumento en un gesto de resistencia en sí mismo. No entendemos su idioma y es probable que jamás los escuchamos en vivo. Sin embargo, quienes hoy persisten en tocar música en Ucrania consiguen transmitirnos su convicción en la música como vehículo de concientización y defensa de un patrimonio. 

Palabras como denuncia, cancelación y protesta cobran hoy otro alcance en el medio musical de Ucrania y de Rusia. Este último país comienza a pagar muy cara la deriva autoritaria e inmisericorde de su presidente. El boicot actual contra Rusia no es sólo político ni económico, sino también cultural. Se acumulan los ejemplos: conciertos en Moscú de Björk, Iggy Pop, Plácido Domingo y Nick Cave suspendidos sin fecha de reemplazo. Comunicados públicos de condena a Putin de bandas como Franz Ferdinand. Eliminación de los postulantes rusos al concurso de Eurovisión y cierre de la oficina de Spotify en el antiguo imperio. En el resto de Europa se ha informado del despido de prestigiosas sopranos y directores de orquesta rusos que se han negado a criticar públicamente la invasión. Los directorios de teatros y salas de concierto enfrentan hoy incluso la presión de sus donantes y abonados para deshacerse de músicos de ese origen en sus cuerpos estables. 

Sabemos que hay un rango ancho entre denuncia y protesta, y censura y caza de brujas. De un lado, valentía y conciencia; del otro, a veces oportunismo y simplificación. El legado musical de Rusia al mundo, sobre todo el de sus compositores clásicos, es insilenciable. Acaso el desafío hoy esté en no acallar a nadie, pero sí amplificar a quienes nos interpelan. Incluso desde Moscú se alzan voces musicales dispuestas a correr el riesgo de criticar al poder en su propia cara. Escuchen estas palabras de Sergey Khavro, un solista de electropop que compone y graba ahí en esa ciudad donde se alza el Kremlin: «Lo que Putin llama 'operación especial' es un genocidio masivo. Es hora de que la música rusa calle». 

Un acallamiento voluntario, cargado de sentido. A veces, el silencio puede ser el más potente manifiesto.

Marisol García