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book icon Domingo 4 de septiembre de 2022

La élite que necesitamos ahora

Carolina Tohá Carolina Tohá

Es poco realista y extremadamente absurdo que pasaremos de ser una sociedad vertical y excluyente, a una sin jerarquías ni roles de autoridad. Por lo que en el actual contexto nos haría muy bien imaginar qué tipo de élite dirigente queremos tener. Una que sea más diversa pero, sobre todo, más entrenada para lidiar con la diversidad, que sepa discutir abiertamente las diferencias y que aprenda a relacionarse de otra manera con la sociedad.

Carolina Tohá

Durante estos meses hemos hablado mucho acerca de los cambios que nuestro país necesita y hemos debatido acerca de qué tipo de Constitución nos puede permitir abordarlos.

Hay, sin embargo, algo de lo que hemos hablado poco, y es sobre el tipo de élites políticas que requerimos para abordar cada uno de estos desafíos.

La experiencia de la Convención Constitucional ha sido una prueba reveladora de nuestras dificultades. La verdad es que nos cuesta mucho conversar desde la diferencia.

En el caso de los sectores que se expresaron en el Estallido, con sus voces críticas, sus demandas y sus dolores, se podría decir que lograron mayor escucha y empatía ciudadana en el momento del Estallido que en el proceso de debate de la Convención Constitucional.

Sin duda, la inexperiencia en participar de instancias de ese tipo tuvo un papel en ello, pero no debiera dejar de sorprender que ante el enorme respaldo ciudadano a las demandas sociales se haya tenido que hacer un esfuerzo tan grande para lograr que el proceso constituyente fuera sentido como propio por las personas.

Si el apruebo triunfa en el plebiscito será por la contundencia con que la propuesta constitucional se hace cargo de los desafíos y oportunidades de Chile hacia el futuro, y no porque en el seno de la Convención se haya encontrado un estilo de liderazgo que responda a la crisis de representación en que estamos.

Por el lado del rechazo el panorama ha sido igualmente preocupante. Se ha recurrido a formas de comunicación política que alientan los temores y la desinformación. Junto con ello, los episodios del diputado Gonzalo de la Carrera han dejado una vez más en evidencia problemas que no tienen que ver con su persona sino con la recurrente trayectoria política del distrito electoral que lo ha votado con la primera mayoría: el emblemático distrito 11, donde habitan y votan las personas más acomodadas, educadas e influyentes de Chile.

Ese sector, cuya homogeneidad política es persistente, así como su disociación de la trayectoria electoral del resto del país, es el más gravitante en las decisiones y en los diversos espacios de poder de la sociedad. Es difícil imaginar que el país pueda resolver sus problemas y acordar un nuevo pacto social hacia el futuro sin un cambio significativo en la forma en que piensa y actúa esa parte de Chile.

Mirando hacia el futuro, nos haría muy bien comenzar a imaginar qué tipo de élite dirigente queremos tener. Es poco realista y extremadamente absurda la idea de que no tendremos ninguna y pasaremos de ser una sociedad vertical y excluyente a una sin jerarquías ni roles de autoridad. Es igualmente iluso pensar que los sectores más postergados sólo serán escuchados en la medida en que sean más estridentes y radicales. Ello puede bastar para llamar la atención y abrir la puerta, pero se queda corto para construir algo una vez que se la atraviesa y se entra al espacio de las decisiones.

Para quienes siempre hemos estado decidiendo y hoy nos enfrentamos al desafío de hacerlo de otra manera, hay caminos que podemos desechar desde ya: el camino paternalista de tratar a los novatos como aprendices con los que hay que ser condescendientes y comprensivos, pues una vez que alguien se sienta en un rol de representación asume todas las responsabilidades que ello implica. Tampoco sirve el guión que hemos visto tanto en estos días, donde los sectores que siempre han detentado el poder y tomado las decisiones asumen la posición de víctima y se escandalizan o ponen los ojos en blanco ante las voces divergentes y las ideas nuevas. Ridiculizar lo distinto, descalificarlo y ningunearlo es el camino seguro para perpetuar nuestras fracturas sociales. Así mismo, hacer del miedo el arma contra el cambio es una receta conocida y efectiva, pero su resultado suele ser que a la vuelta de la esquina sólo se profundizan y agravan los problemas que empujan ese cambio, y sólo se radicalizan y extreman las propuestas para llevarlo a cabo.

¿Cómo debiera ser una élite dirigente para los tiempos que corren? Sin duda más diversa pero, sobre todo, más entrenada para lidiar con la diversidad. Ello tiene un doble sentido: es necesario que personas con trayectorias variadas, con orígenes sociales distintos, con culturas disímiles. La otra cara de la medalla, ineludible, es que los sectores acomodados de la sociedad, que seguirán siendo influyentes y poderosos pase lo que pase, dejen atrás su homogeneidad monolítica, su segregación autoimpuesta, y se comiencen a parecer más a las élites sociales de los países más desarrollados.

Necesitaremos también una élite política capaz de discutir abiertamente las diferencias, dejar atrás los eufemismos y los temas vetados, pero sin confundir el debate con el odio o la descalificación. La discusión de las diferencias es la fortaleza de la democracia y no su defecto, como algunos proponen. Necesitamos prepararnos para aceptar que el conflicto es parte de la vida social y entender que el éxito de una democracia sana no se mide por extinguirlos sino por procesarlos.

Por último, la élite que necesitamos tendrá que aprender a relacionarse de otra manera con la sociedad. No flota la idea de una dirigencia que tiene todas las soluciones y las ofrece como menú a una sociedad que elige cual consumidor frente a la estantería del supermercado. Las soluciones del siglo XXI están por construirse. La historia y el conocimiento experto son una reserva de evidencia para construir nuestras decisiones, pero no hay receta que valga para enfrentar el futuro. Ante una ciudadanía más autónoma e informada, y evidentemente menos dócil ante la autoridad, se necesitará una dirigencia que reflexione y construya junto la sociedad, que la haga parte de los dilemas y corresponsable de las decisiones.

Y no olvidar: los procesos que conducen a la toma de decisión podrán cambiar mucho, pero, a fin de cuentas, habrá que recuperar la capacidad de decidir. De convencer, de resistir presiones y de convocar.

Carolina Tohá