Click acá para ir directamente al contenido

book icon Domingo 3 de julio de 2022

La importancia de rescatar el centro de Santiago

Angélica Bulnes Angélica Bulnes

Tras el estallido social, la situación por la que atraviesa el centro de Santiago podría resumirse bajo la consigna “resignarse, resistir o morir”. Pero el centro significa distintas cosas, tiene diferentes problemas y se necesitará mucha perspectiva para abordarlos y salir del estado de resignación dominante.

Angélica Bulnes

De un tiempo a esta parte, la situación del centro se ha vuelto un tema de discusión en los medios. “Pasé por el centro y es como una pesadilla, una ciudad por donde pasó una guerra”, dijo el 17 de junio el escritor Roberto Merino, en una entrevista en Culto

Dos días antes, el arquitecto Iván Poduje subió a Twitter fotos de algunos lugares emblemáticos, tomadas antes del 18 de octubre de 2019 para mostrar cómo han cambiado desde entonces. En ellas se ve el Crowne Plaza con las banderas de distintos países flameando, la entrada a la estación del Metro Baquedano cuando existía, la Alameda. 

A esto se suman reportajes, como el que publicó esta misma semana Agencia EFE bajo el título “Protestas, pandemia y ambulantes, el camino al abandono de Santiago centro”, y la denuncia de un par de investigadores del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES), quienes publicaron una carta en El Mercurio señalando que Santiago está convertido en un sitio eriazo. 

La conversación está muy marcada por lo que ocurre en la Plaza Italia y sus alrededores. Un sector donde por estos días, ni el comercio ambulante se quiere instalar. 

La consigna de la zona podría resumirse en resignarse, resistir o morir. El ejemplo más claro de lo primero, es el plinto vacío sobre el cual alguna vez estuvo la estatua del general Baquedano, pero no es el único.

La consigna de la zona podría resumirse en resignarse, resistir o morir. El ejemplo más claro de lo primero, es el plinto vacío sobre el cual alguna vez estuvo la estatua del general Baquedano, pero no es el único. Un poquito más abajo está el monumento de Carabineros a sus mártires, defendido por paneles de concreto completamente rayados. 

Más atrás está lo que queda de la iglesia de la institución (San Francisco de Borja, es su nombre oficial): lo que alguna vez fue un edificio precioso, ahora también está cercado de cemento, con una carpa instalada en el jardín, y tan quemada que Carabineros recientemente informó que devolverá lo que queda al fisco. 

Otro espacio entregado es el acceso principal de la estación de metro Baquedano. Hoy está  tapiada y convertida en “un jardín de la resistencia” y “un espacio de memoria”,  de acuerdo a lo que anuncian unas frases pintadas con más dedicación y menos agresividad que la mayoría de las que cubren todos los espacios posibles (e imposibles) de la zona. 

Aunque tenga una explicación -la violencia de la que fueron objeto durante el estallido social-, no deja de sorprender que todos estos lugares pertenecen, están a cargo o al cuidado del Estado y sus instituciones. 

Si se trata de resistir, en cambio, el ícono es la tradicional y apaleada Fuente Alemana en Alameda 58, ahora rebautizada como Antigua Fuente. Con el vidrio de la puerta de entrada trizado por una pedrada, sigue ahí abierta ofreciendo sus sándwichs de siempre. 

Almorzar ahí es casi un acto de resistencia. Según una de las señoras que atiende, la gente está perdiendo el miedo a ir; especialmente desde que en las últimas semanas las manifestaciones de los viernes han decaído, dice que el número de clientes ha aumentado. Y esto lo cuenta en medio de la penumbra que predomina en el lugar, porque aunque afuera está a pleno sol, la luz natural no puede pasar por las ventanas tapiadas. 

La fachada fortificada es la norma en la Alameda y más allá. La Casa Central de la Universidad Católica es, en ese contexto, una excepción. La institución no ha cercado su frontis y tiene una política de tolerancia cero a grafitis y rayados, lo que significa salir a pintar y parchar cada vez que aparece uno, lo que se hace evidente si se mira los muros con algo de atención. 

Al frente, donde empieza la calle Lastarria, en la schopería Torremolinos operan con la misma estrategia: sus muros son los únicos blancos de esa sección de la calle. Brocha en mano, un hombre trata de hacer desaparecer unas marcas negras de spray. “¿Cada cuánto tiempo tienes que salir a pintar?”, le digo. “Unas dos veces a la semana”, saca la cuenta. Le pregunto si no es mejor dejar de dar esa pelea. “¿Si te ensucias la cara todos los días te la vas a dejar de lavar? Como te ves, te miran”, responde.

Eso es parte de lo que ocurre en la llamada “zona cero”, sector emblemático del centro, pero hay que tener cuidado con entender que es todo el centro o que refleja el estado general de la comuna, porque entonces la historia no estaría completa ni bien descrita. 

Eso es parte de lo que ocurre en la llamada “zona cero”, sector emblemático del centro, pero hay que tener cuidado con entender que es todo el centro o que refleja el estado general de la comuna, porque entonces la historia no estaría completa ni bien descrita. 

De la Biblioteca Nacional hacia abajo, por fijar un límite, comienza otra, más complicada, menos plana. De la Alameda no desaparecen los rayados, las fachadas tapiadas, hasta mucho más abajo, pero el descampado se acaba, sobre todo en la medida en que uno se va metiendo a las tradicionales calles interiores, donde hay un mosaico de situaciones. 

En las calles Nueva York y su vecina, sede de la Bolsa de Comercio, parece que se hubiera detenido el tiempo, es como si ahí nunca hubiera pasado nada. Ayuda mucho que en ese sector los accesos se cierren cada noche con rejas,  y que hasta ahí irradie la seguridad que da la cercanía a La Moneda. 

En las calles más grandes, como Bandera y el paseo Ahumada, se despliega el comercio informal, que si bien nunca ha dejado de ser una preocupación en la comuna de Santiago, se ha intensificado y, sobre todo, parece sentirse más a sus anchas. 

Y mientras unos llegan, está el fenómeno de los que se van: “Las empresas se fugan de Santiago centro”, reporta con mucho detalle María José Tapia en La Tercera. Falabella partió este año de Rosas a Las Condes, el Banco BICE emigró de Teatinos a Apoquindo. En junio, el Banco Santander -que en el año 2003 construyó hasta un puente en el aire, para conectar su edificio y el del banco de Santiago, con el que se había fusionado- anunció que también partirá. Según el Diario Financiero, a todos ellos se sumará Transbank, que también se estaría preparando para dejar su sede en Huérfanos. 

“¿Se van por lo que ha ocurrido en los últimos tres años o por lo que viene ocurriendo en los últimos treinta?”, pregunta un vecino de la comuna de Santiago. La pregunta se presta efectivamente para un debate sobre si esto efectivamente se trata de la intensificación de un proceso histórico, pero lo que sí es claro es que si alguna vez se quiso revertir esa tendencia, hoy no está dando resultado.  

Que no se concluya de todo esto que el centro está desolado, porque lejos de estar muerto, quizás el problema es que está demasiado vivo, o mejor todavía, que tiene muchas vidas.

Que no se concluya de todo esto que el centro está desolado, porque lejos de estar muerto, quizás el problema es que está demasiado vivo, o mejor todavía, que tiene muchas vidas. Sus calles están llenas, ahí sigue funcionando el comercio y los restaurantes, pese a los que se van o los que dicen que quieren irse. Lo que cambia es el perfil. 

Un alto ejecutivo de una empresa grande que por ahora no tiene planes de moverse, lo resume de la siguiente manera: “Sí, hay mucho vendedor ambulante, las tiendas más ABC1 se han ido, pero por otra parte el Teatro Municipal está funcionando muy bien, hay buenas exposiciones en el Centro Cultural la Moneda, en el Museo de Bellas Artes, en el GAM. Nadie le gana en eso al centro. Y todas las mañanas ves las calles llenas de gente paseando a sus perros o llevando niños al colegio, porque aquí también está lleno de edificios residenciales”. 

Eso sí, algo que es bastante transversal, pero no exclusivo de este sector, es la percepción de inseguridad que recorre a quienes viven o recorren el centro. 

Toda esta discusión sobre el indesmentible deterioro de la comuna es una mala noticia para la alcaldesa Irací Hassler, que ya con un año en el cargo, tiene cada día más responsabilidad sobre el curso y dirección de su municipio. Sin embargo, la solución la excede por mucho, y la necesidad de impulsar esta zona de la ciudad va mucho más allá de las simpatías que despierten o no las autoridades de turno. Un país no se puede permitir abandonar el centro de su capital. 

Angélica Bulnes