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book icon Domingo 15 de mayo de 2022

La locura humana por los eclipses y sus interpretaciones

Jimena Villegas Jimena Villegas

La luna va a quedar a la sombra esta noche de domingo. Podremos verlo en Chile y seguir así, como venimos haciendo desde milenios, el rito de observar e interpretar obsesivamente los fenómenos celestes.

Jimena Villegas

El 30 de abril partió la temporada de eclipses. Este año nos tocan cuatro: dos de sol y dos de luna. El primero ya pasó. Fue un eclipse parcial, el día 30 de abril y dejó hermosas fotos para el recuerdo. Sobre todo, a los afortunados que pudieron ver caer el sol, con un buen pedazo menos, en el horizonte del mar.

El segundo eclipse será esta noche de domingo y dejará toda la luna a la sombra. O sea, estamos entre eclipses. El sitio web Meteored, que está alojado en Europa, dice que el de hoy durará poco más de 5 horas, que veremos a la luna ponerse rojiza y que el momento más importante, aquí en Chile, partirá a las once y media de la noche.

Ese sitio, que ve muy serio, es apenas un poco menos oficial que otros que sí son oficiales, como los de la Nasa o el del Instituto Geográfico Nacional de España. Pero los tres son, en verdad, apenas una muestra pequeña de las decenas de lugares que internet ofrece para seguir la pista a los fenómenos del cielo.

En el caso de Chile, nuestro Gobierno nos entrega una web desactualizada. Se quedó pegada en el año 2020, cuando fuimos un hit mundial por el eclipse total de sol de diciembre, que -dicen los esotéricos- es muy importante -ya veremos por qué-. Lo interesante es que esta página chilena estaba bien adelantada con lo plurinacional, tan en boga por estos días.

Dedica todo un capítulo a la cosmología mapuche respecto del asunto y no es raro, porque la historia universal documenta que los humanos venimos observando obsesivamente el techo celeste desde el origen de los tiempos.

La historia universal documenta que los humanos venimos observando obsesivamente el techo celeste desde el origen de los tiempos.

De los griegos heredamos al cielo llamado Urano, que era hijo y también marido de Gea, la Tierra. Hoy, Urano nos acompaña como uno de los planetas del sistema solar. A los egipcios les debemos la astrología que -se dice- es el origen de la astronomía, que es -también se dice- la verdadera ciencia válida para observar los astros.

Tal ha sido nuestra locura que en los años 70 del siglo pasado Rolling Stone, la gran revista pop norteamericana, mandó a un periodista a África para seguir un eclipse total de sol. Junto con él llegó a Mauritania toda una corte de aficionados y también doctos especialistas.

El resultado es una crónica maravillosa que documenta, entre otras cosas, cómo dos mil años antes de Cristo, en China, decapitaron a dos astrónomos por no predecir un eclipse a tiempo. También nos cuenta que en Estados Unidos hay una enfermedad de la cabeza llamada “adicción al eclipse total de sol”.

Porque, claro, el gran eclipse es el de sol. Se cuenta que, durante uno de esos eclipses, el de diciembre de 2020, Gea entró en la quinta dimensión. Es, para los cultores de la espiritualidad, el evento más importante de los últimos milenios, porque implica un aumento de conciencia, una especie de salto cuántico que no vemos, pero está ahí, alrededor nuestro.

El gran eclipse es el de sol (...) porque implica un aumento de conciencia, una especie de salto cuántico que no vemos, pero está ahí, alrededor nuestro.

No todos están de acuerdo con esa lectura. Una astróloga de escuela clásica, que se precia de trabajar con mucho rigor, sostiene que los eclipses de sol no son tan buena noticia. Explica que, de afectar, lo hacen sobre los gobernantes o sobre los países, y que si ese efecto sucede, tiende a ser nocivo porque -como indica el origen griego de la palabra- eclipse quiere decir abandono.

Los eclipses suceden cuando la luz abandona un cuerpo celeste por un momento. Lo hace porque otro cuerpo celeste se le pone por delante y le tapa la vista al observador. En este caso, los grandes observadores somos los seres humanos, nosotros que miramos a los cielos desde Gea.

Tomar conciencia de la oscuridad es, sin embargo, la clave de toda evolución espiritual. No se puede saber que estás bien, si antes no has sabido que estabas mal, como bien indica la ley del péndulo. Conocer cuánto frío se siente apenas se escabulle la luz del sol, aunque sea sólo por unos minutos, da clara cuenta de cuánto necesitamos del sol y de cuán frágiles somos.

Nos revela, en el fondo y de modo casi mágico, que pertenecemos a un ecosistema. Que somos el ecosistema. Y si para darse cuenta de eso hay que ver un eclipse total de sol, bien vale el beneficio (o el perjuicio).

Nos revela, en el fondo y de modo casi mágico, que pertenecemos a un ecosistema. Que somos el ecosistema. Y si para darse cuenta de eso hay que ver un eclipse total de sol, bien vale el beneficio (o el perjuicio). Aunque quizá en el fondo no sea tan necesario mirar tanto hacia las estrellas. Bastaría con aplicar esa otra ley que indica que “como es adentro es afuera”.

Eso nos viene a decir que siempre llevamos la posibilidad de un eclipse por dentro y que, si aquello de la falta de luz es un problema serio, lo mejor sería inventarnos una Nasa interior, para empezar a saber con anticipación cuándo y por qué nos vamos a abandonar, para generar un eclipse total de nuestro propio sol.

Puede ser que así los seres humanos logremos vivir un poco más en paz con nosotros mismos y tener, de paso, más tiempo para celebrar en serio los regalos que a todos y cada una nos caen desde el cielo.

Jimena Villegas