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book icon Domingo 12 de junio de 2022

La niña del napalm, la foto que nadie quiere volver a tomar ni ver

Pilar Rodríguez Pilar Rodríguez

La guerra en Ucrania ha arrasado con la vida de 240 niños. Otros 400 quedaron heridos con sus vidas truncadas, como la de Kim Phuc, protagonista hace 50 años de una fotografía y un bombardeo por error. Historias como ésta es la que nadie quiere que vuelvan a ocurrir.

Pilar Rodríguez

Kim Phuc corría desesperada, gritando de dolor. Su piel parecía derretirse por las graves quemaduras. La niña de nueve años estaba totalmente desnuda; sus ropas se habían desprendido por el impacto de la bola de fuego. Un instante preciso, desgarrador, que atrapó la lente de la cámara de Nick Ut, el fotógrafo vietnamita de Associated Press. Un registro lacerante, sin filtros, que mostró al mundo el horror del napalm, acelerante que prolonga el impacto de las bombas incendiarias y se impregna en la piel. 

Un registro lacerante, sin filtros, que mostró al mundo el horror del napalm, acelerante que prolonga el impacto de las bombas incendiarias y se impregna en la piel. 

Han pasado 50 años de esa foto icónica, que acaparó portadas en todo el mundo, ganó el premio Pulitzer y unió para siempre el destino de los dos protagonistas.

Eran pasadas las ocho de la mañana del 8 de junio de 1972. La pequeña Kim trepaba árboles, cerca del templo budista donde su familia estaba refugiada hacía tres días. Pensaban que era el sitio más seguro para protegerse de los ataques y bombardeos, en una guerra entre el bando comunista del Vietcong y las fuerzas vietnamitas del sur, apoyadas militarmente por Estados Unidos.

De pronto, vieron una estela amarilla en el cielo. Era la señal que indicaba a los aviones los objetivos para bombardear. Lo que vino fue un infierno: la pequeña aldea sureña de Tang Bang fue arrasada por las explosiones. Kim, hoy una mujer de 60 años, recuerda entre lágrimas el calor insoportable que atrapó su cuerpo. Era el impacto del napalm, que puede alcanzar una temperatura de hasta 800 grados.

Tan dantesco como milagroso fue ese registro fotográfico. El fotógrafo tiró su cámara y corrió a auxiliar a la niña, intentando aliviar el dolor lanzando agua sobre su cuerpo. Pero los minutos corrían a favor de la muerte. Entonces, la subió a su camioneta y la trasladó a un centro hospitalario en Saigón, actual Ho Chi Minh. Así comenzó un largo camino hospitalario de catorce meses, doloroso y extenuante para Kim Phuc, con 17 cirugías de injertos de piel, un calvario que a ratos ha rozado el abismo.

A pesar del dolor por las quemaduras profundas que marcaron su torso y un brazo, se propuso estudiar medicina, para devolver al mundo la fortuna de haber sobrevivido. Sin embargo, el régimen comunista de Vietnam truncó su sueño, cuando vio en ella un preciado símbolo de propaganda. Tuvo que participar en películas y decenas de entrevistas para relatar al mundo los horrores cometidos por sus enemigos en la guerra.

La joven Kim no se dio por vencida y logró que el gobierno la enviara a Cuba a terminar sus estudios médicos. Ahí conoció a su compañero de carrera, el también vietnamita Bui Huy Toan. Y decidieron casarse.

Pero nada ha sido fácil en la vida de Kim. Para ir de luna de miel a Moscú, solo le daban autorización a él. Así de absurdo. Al fin, consiguieron viajar y, al regreso, el matrimonio aprovechó una escala de abastecimiento de combustible en Canadá, desertaron y consiguieron asilo político en ese país.

Kim Phuc armó su nido, junto a su marido y sus dos hijos. Pero el insoportable dolor físico de las cicatrices martillaba el recuerdo de una guerra que destruyó a su familia con una estela de muerte.

Kim Phuc armó su nido, junto a su marido y sus dos hijos. Pero el insoportable dolor físico de las cicatrices martillaba el recuerdo de una guerra que destruyó a su familia con una estela de muerte.

La llamada niña del Napalm recorrió el mundo entregando su testimonio y en uno de esos escenarios, conoció a una prestigiosa médico norteamericana, quien le abrió una ventana de luz para aliviar su dolor y recuperar la sensibilidad perdida en la piel. Un tratamiento gratuito para ella, con más de 50 tipos de láser combinados, produjeron el milagro. Kim pensaba que solo conocería alivio a su dolor cuando muriera, pero hoy reconoce sonriendo que el cielo existe en la tierra. Y que puede sentir la mano de su nieto cuando la acaricia.

En el tortuoso sendero de Kim Phuc, conoció la fe cristiana y se aferró a ella para darle un nuevo sentido a su vida. Creó una fundación que lleva su nombre, para asistir a los niños víctimas de guerras y conflictos armados y es embajadora de la paz para Unesco. De la mano de su amigo tío Ut, como llama al hombre que providencialmente registró la famosa fotografía, viaja por el mundo entregando su testimonio y clamando por la paz.

Quizás si su verdadera sanación vino con el encuentro de veteranos de Vietnam, en Washington, donde fue invitada el año 96. Un exoficial, con ojos llorosos, se acercó a Kim para confesarle que él había participado del plan para bombardear su aldea, pensando que era un refugio de la guerrilla comunista. Al ver la famosa foto, comprendió el error y la dimensión de la barbarie. Kim lo perdonó y, con ese gesto, llegó el entierro simbólico de muchos años de odio y resentimiento.

Sin duda, esa foto de 1972 apuró el fin de la guerra. Nueve meses más tarde, Estados Unidos se retiró derrotado de Vietnam. En 1980, Naciones Unidas prohibió el uso del Napalm como arma de guerra. Y Kim ya no quiere ser conocida como la niña del Napalm, sino como una feliz madre y abuela, una superviviente que pide la paz. 

Pilar Rodríguez