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book icon Domingo 20 de marzo de 2022

La política en colores

Angélica Bulnes Angélica Bulnes

De rojo a amarillo. De verde a celeste. Dime qué color te pones y te diré qué causa tienes.

Angélica Bulnes

El día del cambio de mando, mientras entrábamos a Cerro Castillo con las otras integrantes del Rat Pack, hubo un detalle que nos dio risa: que la cintas que nos habían asignado a los periodistas para colgarnos las acreditaciones eran amarillas. Las del equipo presidencial, rojas. “¿Le están tratando de decir algo al gremio las autoridades?”, preguntó Andrea Vial.

No supimos la respuesta, pero al poco rato el nuevo gabinete nos demostró que no le estábamos poniendo tanto color buscándole significado a los detalles. Los y las ministras hicieron ese día una serie de declaraciones de principio con sus prendas, pines, chapitas y tonos. Mientras Maisa Rojas usó un vestido comprado en la ropa usada, varias de sus pares apostaron por el diseño local: Elisa de Córdova vistió a Izkia Siches, Club Particular a Antonia Orellana, Palo Santo en el caso de Camila Vallejo. El traje verde de Irina Karamanos lo diseñó Wendy Pozo, que apuesta por ropa no binaria y la banda de su pareja Presidente fue confeccionada por las trabajadoras del sindicato revolucionario textil. “Vestir diseño chileno, una industria que fue arrasada en dictadura y que ha resurgido con conciencia y sustentabilidad de la mano de mujeres es muy político”, explicó en Twitter Camila Monsalva, una de las autoras del sitio feminista Copadas.cl

Tanto gesto visual hace de la foto oficial del gabinete 2022 un testimonio gráfico único de las causas del nuevo gobierno, que se refleja muy bien en los colores protagonistas.

La nueva vocera, quizás porque se llama Camila Antonia Amaranta (el amaranto es el tono de las Juventudes Comunistas de Chile), siempre ha usado el rojo -en los anteojos, la ropa, la boca- como un símbolo de su pertenencia de izquierda. Por eso, bueno, no solo por eso, sorprendió con el rosado del día del anuncio del gabinete del presidente Boric, en el Museo de Historia Natural. Para el cambio de mando siguió ampliando el registro y vistió de lila, parte de paleta feminista predominante ese día que incluye el morado o violeta, el verde y el blanco, colores escogidos por las sufragistas inglesas en 1908. Hoy, mientras el morado es el signo feminista por excelencia, el verde se ha convertido, en Latinoamérica, en símbolo de la causa del aborto voluntario y seguro. La llamada “Marea Verde” ha impulsado reformas inéditas en Uruguay, Argentina, Colombia y Chile, donde esta semana el derecho a aborto fue consignado en el borrador para una nueva Constitución. Tanta fuerza ha adquirido este uso, que incluso le disputa el color a “los verdes”, y al ver al ministro de Agricultura, Esteban Valenzuela, aparecer en Cerro Castillo con su camisa en el tono hubo dudas de si era por que está comprometido con el aborto, el medio ambiente o ambos.

El rosado, que llevó, entre otras, la ministra de la Mujer, Antonia Orellana, es parte de un proceso reivindicativo de ese color, que era emblema del estereotipo de género que pone a la mujer en la cocina y al hombre en el trabajo. “Soy una mala feminista porque me fascina el rosa”, dice Roxane Gay, en su libro Mala feminista de 2014. Ya no es así. La causa se ha reapropiado de este tono que hoy es símbolo de la denuncia del feminicidio y la violencia de género.

Junto con los In del cambio de mando, también habría que hablar de los Out: el celeste, que en Argentina es el de las personas que se oponen a la despenalización del aborto, una práctica que también ha cruzado la cordillera a los grupos provida locales, aunque tal como aprendió casi a golpes esta semana el constituyente del PC Marcos Barraza, a veces prefieren usar la bandera chilena. Y claro, está el amarillo, convertido en insulto, sinónimo de cobardía, tibieza o falta de compromiso. Tanto le dijeron amarillo los octubristas a Patricio Fernández que éste lo convirtió en un activo y usó la versión “pato” del color en su campaña para llegar a la convención constituyente. En febrero un grupo de 75 personas encabezadas por Cristián Warnken creó el grupo Amarillos por Chile que, según explicó, solo apoyará el trabajo de la Convención Constituyente “si esta avanza en la dirección democrática” que ellos señalaron. Vinieron semanas de disputas que tuvieron en el centro a ese lindo e inocente color. El periodista y fashionista, Felipe Bianchi, incluso juró que no usaría “por un buen tiempo” una prenda amarilla.

Este escenario no les ha dejado mucho disponible a los rebeldes sin causa. Tal vez una opción es el siempre infravalorado naranjo, que últimamente han adoptado algunos partidos más nuevos o en reformulación, como el mexicano Ciudadano que en 2018 consiguió viralizar por toda Latinoamérica la pegajosa canción “Movimiento naranja” que cantaba el niño Yuawi López.

Podría seguir. por ejemplo, con el azul, asociado a la derecha y al mundo conservador (salvo en Estados Unidos donde los republicanos son rojos y los demócratas azules, lo que es bastante contraintuitivo para el resto del mundo); o el blanco, símbolo de tantas cosas -pureza, paz, poder- que se disputan varios; o el negro, sin dueño pero sombrío. Pero el punto sobre la politización de la paleta cromática creo que ha quedado hecho. Habría que agregar, eso sí, que ese fenómeno también tiene sus riesgos: cuando todos los detalles pueden o deben tener un significado y cada gesto se lee como una señal, se puede caer en la sobre interpretación y terminar encontrándole una segunda lectura hasta al color de las cintas de las credenciales para los medios en el cambio de mando. Sin duda es una exageración, porque obviamente no hay nadie en este nuevo gobierno que piense que los periodistas son amarillos.

Angélica Bulnes