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book icon Domingo 29 de mayo de 2022

Las grandes lecciones de Medellín

Carmen Gloria López Carmen Gloria López

Esta es la historia de cómo la otrora ciudad más peligrosa del mundo, la capital latinoamericana de la violencia y el narcotráfico, ahora es reconocida como ejemplo de urbanización y seguridad pública.

Carmen Gloria López

Medellín registró siete mil homicidios en 1991. La violencia desatada había destruido la cultura y el tejido social. Las vidas de todos tenían un precio y muchos estaban dispuestos a cobrarlo.

Murió Pablo Escobar, se desarticularon los carteles de Medellín y Cali, pero la ciudad seguía capturada por bandas, milicias y narcotraficantes que se disputaban territorios de las comunas más pobres. No había esperanza.

Treinta años después, en 2015, el Foro Económico Mundial la elegía entre las diez ciudades con mejor innovación urbana, en un documento que juntaba Medellín con las palabras “Infraestructura para la integración social”. Hoy es una ciudad más segura que Chicago y los dos alcaldes que protagonizaron su transformación están entre los candidatos para las elecciones presidenciales de hoy, domingo 29 de mayo, en Colombia.

¿Qué hicieron en Medellín para salir del infierno y transformarse en un ejemplo para expertos en seguridad pública y urbanistas de todo el mundo?

Según Patricio Tudela, director del Diplomado de Análisis Criminal de la Universidad Alberto Hurtado y experto en seguridad pública, entrevistado en el Rat Pack de Tele13 Radio, fue clave la gestión del municipio, la conformación de alianzas público privadas, la introducción de tecnologías como cámaras de vigilancia y drones, cuyo uso y efectividad son medibles por distintos interesados, y el trabajo de convivencia que se desarrolló al interior de los barrios.

La mayoría de los artículos sobre Medellín mencionan a Sergio Fajardo, alcalde de esa ciudad entre 2003 y 2007, quien empujó con fuerza intervenciones urbanas y arquitectónicas para integrar a los habitantes de la ciudad. Intervenciones en las que participaron los vecinos de los barrios más pobres hablando con arquitectos cara a cara. En la comuna 13, por ejemplo, construyeron amplias y largas escaleras mecánicas techadas para los vecinos.

No se trataba solo de ayudar a la movilidad y al transporte de carga. Las escaleras eran, además, una inversión que les decía: los vemos y nos importan. Los vecinos empiezan a sentirse parte de ese Estado del que les hablan.

No se trataba solo de ayudar a la movilidad y al transporte de carga. Las escaleras eran, además, una inversión que les decía: los vemos y nos importan. Los vecinos empiezan a sentirse parte de ese Estado del que les hablan. Parte de la sociedad. Bastante se ha hablado ya, que más que la pobreza, el problema es la marginalidad, sentirse invisible, ninguneado constantemente por algo que debiera ser común: la infraestructura pública, el paisaje urbano que ves cada día.

A las escaleras mecánicas, se agregó el metro-cable, un teleférico que conectó a las barriadas en y tras los cerros con el centro de Medellín. En cinco años desde la inauguración de la primera línea, el ingreso de la comuna más pobre había subido en un 56%. Hoy existen seis líneas de estas cabinas colgantes. Al fin todos los ciudadanos tienen acceso a su ciudad sin importar su origen socioeconómico.

A las escaleras mecánicas, se agregó el metro-cable, un teleférico que conectó a las barriadas en y tras los cerros con el centro de Medellín. En cinco años desde la inauguración de la primera línea, el ingreso de la comuna más pobre había subido en un 56%

Además, invirtieron y potenciaron la cultura -partiendo por aquella que ya estaba en los barrios- hasta convertirla en competencia de la delincuencia, como el graffiti y el rap. Danilo Quinceno aparece en un reportaje de la Deutsche Welle relatando su trabajo como profesor de graffiti. Era miembro de una banda delictual, ahora tiene un trabajo decente para el que lo contrató su propia municipalidad.

Rodeado de niños aprendices, cuenta al reportero que quiere hacer de su comuna una especie de libro abierto donde él y otros van pintando mensajes positivos sobre lo que sueñan y lo que son, quiere llenar de colores para que los que viven ahí tengan otra sensación sobre el futuro. Cambió un revólver por un aerosol.

En el vecindario de Santo Domingo, antes considerado el más violento de la ciudad más violenta, construyeron el Parque Biblioteca España: 5 mil 500 metros cuadrados de biblioteca, un centro de formación y un centro cultural, rodeado de jardines y senderos, con acceso gratuito a internet y uso de computadores.

Esta instalación fue reconocida por la Fundación Gates por el uso de la tecnología en el desarrollo de la comunidad. Los habitantes antes avergonzados de mencionar su barrio, hoy señalan orgullosos hacia los tres edificios que asemejan rocas gigantes en la cumbre de sus cerros: “Ahí vivo yo”, dicen a los turistas que visitan esta atracción en medio de lo que fue un territorio vedado hasta hace poco. Entre 2008 y 2016, la extrema pobreza de Medellín bajó a la mitad.

Estas intervenciones urbanas pudieron ser hechas gracias a la voluntad de las autoridades locales y a financiamiento público privado. Gran parte de la inversión viene de las Empresas Públicas de Medellín que vende a la ciudad, y varias otras de Latinoamérica, electricidad, gas, agua, alcantarillado y servicios de telecomunicaciones. Le da un 30% de sus utilidades a la municipalidad que es su dueña. En 2020, generó 371 millones de dólares para la ciudad, un cuarto del presupuesto municipal.

Paralelamente, se atacó el crimen organizado, partiendo por lo que llamaron “desorganizar a los criminales”. Uno de los miembros del equipo de Fajardo declaró a Infobae en 2018 que fueron capturados 120 cabecillas y más de 2.700 integrantes de estructuras delictivas.

Estas intervenciones urbanas pudieron ser hechas gracias a la voluntad de las autoridades locales y a financiamiento público privado (...) Paralelamente, se atacó el crimen organizado, partiendo por lo que llamaron “desorganizar a los criminales”.

El crimen ha descendido, pero para las autoridades aún no es suficiente. Muchos territorios están aún bajo el mando de pandillas, pero las cifras van a la baja. Si en 1991, se registraron 381 homicidios por cada 100.000 habitantes; en el 2009, esa tasa bajó a 49; pero al año siguiente, en 2010, el índice se volvió a disparar y alcanzó los 100 homicidios por cada 100.000 habitantes.

El crimen organizado aún palpita y trata de recuperar terreno. Pero en Medellín lograron cerrar el 2021 como el segundo año menos violento en cuatro décadas, registrando 16 homicidios por cada 100 mil habitantes. Menos que el promedio nacional de Colombia, mucho más que el de Chile. Nuestras cifras, incluyendo todo el territorio, llegan a 5,7 homicidios por cada 100 mil habitantes, pero al contrario de Medellín, aquí van en alza.

Alicia Rivas vive en Medellín y habló con The Economist. Tiene 84 años, vivió acostumbrada a tirarse al suelo cuando oía las balaceras, perdió a su nieto por una bala loca. Hoy su problema es el ruido que hacen los turistas. No se ha cambiado de casa.

Según un columnista del Foro Económico Mundial, estas son las lecciones de Medellín: las ciudades no generan pobreza, sino que atraen a individuos vulnerables que buscan oportunidades y se pueden hacer esfuerzos para integrar y aprovechar esa voluntad. La arquitectura que conecta puede restaurar tejido social y, gradualmente, eliminar la violencia en las ciudades. La educación es el motor del cambio: apostar por escuelas, bibliotecas y centros culturales de alta calidad en poblaciones marginales las integra. Reconocer la cultura local y trabajar con la gente que vive en los barrios complejos devuelve credibilidad al gobierno y las instituciones.

Cito a al mismo Juan José Pocaterra que escribe sobre el premio de Innovación: “Medellín es considerada una transformación exitosa por la capacidad que tuvieron todos los actores (sector público, sector privado y ciudadanos) de entender el valor que tenía defender su existencia, a pesar de los problemas o limitantes históricos que tenía. Perseguir el sueño compartido de mejorar la ciudad, en vez de destruirla con una posición negativa y frustrada del futuro, fue la única manera de superar sus límites y acercarse a ese sueño”.

Recordé con todo esto una vez que mencioné en esta misma radio al nieto de diez años de una amiga de Puente Alto. Viajó un día con ella a su trabajo en Vitacura y al bajarse de la micro le dijo: “Abuela, ¿por qué no me dijiste que trabajabas en otro país?”

Es esa quizás la gran lección de Medellín: tratar de que no haya distintos países en una misma ciudad, al menos empezar a borrar las fronteras.

Carmen Gloria López