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book icon Domingo 19 de junio de 2022

Las paradojas de Banksy en Chile

Jimena Villegas Jimena Villegas

Una gran muestra del grafitero más famoso del mundo estará abierta en el centro Gabriela Mistral de Santiago hasta el 31 de julio. Allí, a cambio de la compra de una entrada, se ofrece una completa pasada por la ética y la estética de un artista anónimo que, con sus rayados murales, va en contra de lo privado y de lo pagado, y se ríe de lo profano y de lo sagrado.

Jimena Villegas

El 25 de mayo se abrieron en Chile las puertas de la exposición “El Arte de Banksy: Sin Límites”. Según explica la promoción, es una muestra para rendir homenaje al anónimo y controversial artista británico conocido como Banksy. La muestra es itinerante y -se informa- estará en Santiago hasta el 31 de julio.

Banksy es, en realidad, un incógnito. Aparte de ser conocido como el grafitero más célebre del mundo, casi nada se sabe de él y, es más, aquello del anonimato constituye su sello de marketing. Hijo de un técnico en fotocopiadoras, se cree que nació en 1974 y se conoce que creció en Bristol, la octava ciudad de Inglaterra y la cuna del “trip hop”, una música electrónica que explotó en los años 90 del siglo pasado, con nombres como Tricky y Portishead.

El arte de Banksy se desarrolló en las calles de esa ciudad, huyendo de la policía y de los vecinos, porque lo suyo son pinturas hechas en los muros con aerosol y plantillas. Es, entonces, un arte efímero: dura lo que las autoridades o los dueños de las murallas acepten que dure. En su caso, dado que pasó de ser uno más a ser el número uno, hoy es la propia ciudad de Bristol la que se encarga de velar por la salud de las obras de Banksy, que son un imán para el turismo.

Mirando esta exposición se hace evidente que por la cabeza de Banksy se cruza intensamente la crítica política. Es un artista áspero y un heredero de esa maravillosa escuela inglesa que se permite -y a la que le es permitido- ironizar con autoridades e instituciones, sin que a nadie, al menos en apariencia, se le caiga la peluca.

Esta muestra, que de seguro está entre lo más importante del año, tiene unas 160 piezas y seis instalaciones. Es completísima. Ofrece algunas imágenes muy famosas, como la de una niña recogiendo del aire -o quizá dejando ir al aire- un globo con forma de corazón.

En ella también hay una enorme foto a todo color de la Cámara de los Comunes británica, en la que no hay políticos sino chimpancés. Está también un trabajo sobre la reina Isabel, para su jubileo número 50. Se ve que es ella, se nota que es ella, es obviamente ella, pero la cara es la de un simio.

Los animales y los niños parecen ser, de hecho, parte de su obsesión. De los menores defiende el derecho a recuperar la inocencia perdida a causa de una paternidad mal ejercida y rota por la sociedad de consumo. Las ratas conforman una serie completa, un sello de fábrica que probablemente adoptó de otro grafitero famoso, el francés Blek le Rat, de quien Banksy se declara admirador.

En realidad -reflexiona uno- las ratas son como Banksy, y probablemente como cualquier otro grafitero del mundo: surgen como productos inevitables de la suciedad, el dolor y el mal hacer que suelen vomitar las grandes urbes contemporáneas.

Es interesante anotar el lugar donde está alojada esta exposición: el centro Gabriela Mistral o GAM, en un barrio que fue asolado por las protestas del estallido de octubre de 2019.

Por lo mismo es interesante anotar el lugar donde está alojada esta exposición: el centro Gabriela Mistral o GAM, en un barrio que fue asolado por las protestas del estallido de octubre de 2019. La zona no se ha recuperado, no al menos estéticamente, y sigue estando llena de rayados y de vidrios rotos, parece casi tan anti utópica como algunas de las piezas del propio Banksy.

Otra paradoja de esta muestra es que para verla hay que pagar: 15 mil pesos más cargo por servicio los fines de semana, y entre 10 mil y 12 mil 500 en la semana.

En la esencia del grafiti figura la idea de libertad. Está hecho para zonas de la urbe donde lo privado y lo pagado no tienen espacio. Por eso, aparece como un contrasentido que deba darse una retribución económica para ver un ejercicio artístico espontáneo, que fue hecho sobre una pared o bajo un puente.

En la esencia del grafiti figura la idea de libertad. Está hecho para zonas de la urbe donde lo privado y lo pagado no tienen espacio. Por eso, aparece como un contrasentido que deba darse una retribución económica para ver un ejercicio artístico espontáneo.

En ese sentido, una muestra como ésta se aloja en las antípodas de la espontaneidad. Tiene originales seriados, fotografías, grabados, esculturas y videos. Todo está curado y certificado por la empresa Pest Control, que -dice su web- es el único organismo autorizado para dar autenticidad al arte de Banksy.

¿Pero puede hacerse un reproche mayor a esta rareza? Probablemente no, porque es cierto lo del grafiti como expresión callejera y gratuita. Y lo es también que, a Banksy, además de la guerra y la política, lo comercial parece darle urticaria.

Pero al final, esta expresión suya es arte, puro arte pop. Banksy forma parte de un circuito, de un mercado, de una industria que, como tal, tuvo sus orígenes en el siglo XIX, según relata un maravilloso libro llamado “Los Europeos”, del historiador Orlando Figes.

Es cierto lo del grafiti como expresión callejera y gratuita. Y lo es también que, a Banksy, además de la guerra y la política, lo comercial parece darle urticaria. Pero al final, esta expresión suya es arte, puro arte pop.

Banksy, como los personajes de Figes, que son todos artistas de calado universal, tiene que vivir y vive -supone uno- de hacer su arte. Lo suyo, como lo de ellos, se expone, se transa, se promociona, se subasta.

Sin embargo, la gracia que asiste a todo artista genial es que, aunque cueste lo que cuesta una entrada, vale la pena. Hay que verlo, si se puede, porque logra lo que un artista genial puede lograr: conmueve. Y eso, en esta época de lo anti utópico y la ruptura, es casi demasiado pedir.

Jimena Villegas