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book icon Domingo 11 de septiembre de 2022

Los desafíos políticos que esperan a Carlos III

Pilar Rodríguez Pilar Rodríguez

Acostumbrado a emitir opiniones sobre espinudas temáticas, tendrá que aprender a estar callado y mantener férrea neutralidad y silencio. Un príncipe de Gales que arrastra una hoja de vida con mediáticos escándalos y bochornos, y que tiene por delante el titánico desafío de mantener la institución monárquica, frente a amenazas republicanas, de marcar un nuevo sello y de repuntar una esquiva popularidad frente a la vara inalcanzable de su madre, la Reina Isabel II.

Pilar Rodríguez

El prestigioso periódico inglés, The Times, reveló en junio parte de una conversación privada del entonces príncipe Carlos de Inglaterra. En ella calificaba de “espantosos” los planes de Boris Johnson de enviar a Ruanda a los inmigrantes que intentaran acercarse al Reino Unido a través del Canal de la Mancha. Rápidamente, la oficina que vela por sus asuntos, se apuró en aclarar que Carlos sigue siendo políticamente neutral, sin desmentir sus dichos.

Comentamos este episodio, para ilustrar uno de los flancos más desafiantes que tendrá el ahora monarca Carlos III: silenciar sus opiniones y mantener una férrea postura de neutralidad frente a los asuntos públicos, especialmente de índole política. Como lo mantuvo a rajatabla su madre, la fallecida Reina Isabel II.

Una tarea nada fácil para el heredero, acostumbrado a opinar con cierta regularidad, acerca de los descalabros del cambio climático, el necesario rescate arquitectónico de centros urbanos o la calidad de los servicios sanitarios públicos, entre otros temas. 

A partir de hoy, recae sobre sus hombros la magna responsabilidad de preservar la monarquía constitucional del Reino Unido y de los otros catorce países en que ejerce como Jefe de Estado, un resabio del Imperio británico colonial. “No soy tan estúpido como para no darme cuenta de que desde la posición de monarca no podré entrometerme en asuntos públicos”, dijo convencido en una entrevista reciente con la cadena pública BBC, en el jubileo de platino que conmemoró los 70 años de reinado de su madre.

Quienes conocen de cerca los complejos códigos de la monarquía británica, sostienen que Carlos está preparado para asumir las nuevas responsabilidades del cargo hereditario. No es exagerado decir que desde los tres años de edad, bajo un plan formativo consistente, ha respirado el influjo de la mejor escuela que pudo tener: una incólume e infatigable reina que vivió para servir a su país, bajo un juramento que honró hasta el último día. Qué mejor reflejo que esa fotografía, invistiendo el cargo de Primera Ministra a Liz Truss, digna y sonriente, tan solo dos días antes de su muerte. 

Pero quizás el mayor desafío para el nuevo monarca inglés sea acercarse a la popularidad arrasadora de la Reina Isabel, su madre. No solo por el cariño de su pueblo, sino porque está en juego la permanencia y estabilidad de una institución que arrancó hace once siglos y que resiste los embates de quienes estiman que no son tiempos para estas figuras de poder hereditarias.

Más aún, con los onerosos gastos que debe financiar el Estado con los impuestos de los ciudadanos. De la vereda de los defensores, están quienes creen que es al revés, porque precisamente es esta institución la que genera millonarios ingresos al Estado. Y que además, ha logrado neutralizar con éxito algunos intentos separatistas de Escocia o los atisbos republicanos que cobran fuerza en Australia y Canadá, por ejemplo. La gran pregunta es si Carlos III logrará preservar ese espíritu unitario, en tiempos de cambio.

Evidentemente, el expríncipe de Gales no llega con una hoja en blanco al trono. Por estos días reflotan los escándalos de infidelidades en su matrimonio con Lady Di, y aquella conversación telefónica de tono subido con la otra protagonista de la historia: Camila Parker Bowles. Al día de hoy, está todo en regla: la actual duquesa de Cornualles es su mujer legal y reina consorte, por expresa voluntad de la fallecida monarca, declarada en febrero de este año.

Solo un 14% de los ingleses está de acuerdo con esta decisión y quizás por lo mismo, la pareja ha desplegado una nutrida agenda de visitas a todos los rincones del reino, en los últimos meses, en una estrategia de acercarse más a los ciudadanos. En la misma línea, Carlos fue reemplazando a la reina en actos públicos, paulatinamente, a medida que su salud se iba deteriorando, como una forma de preparar una transición que era inevitable.

Hace poco, un nuevo escándalo disparó en la línea de flotación del prestigio del príncipe Carlos. El periódico inglés The Sunday Times, reveló que había recibido una donación del jeque de Catar, Hamad bin Jassim, por un monto equivalente de 3 millones de euros, unos 2.700 millones de pesos, en tres entregas sucesivas y por mano. Nadie desmintió los hechos, pero la casa real dejó en claro que no existe ilegalidad en estos aportes, porque fue transferido en su totalidad al Fondo Caritativo del príncipe de Gales, una de sus fundaciones de beneficencia, sin que el jeque dueño del club PSG pidiera nada a cambio. Hasta ahora, el caso no pasó a mayores.

La popularidad de Carlos y su mujer no logra empinarse por sobre el 50%, según las diversas encuestas que circulan. Incluso la pareja de William y Kate, los siguientes en la línea de mando, aparecen por encima de las preferencias, quizás porque representan un modelo de recambio que combina modernidad con cercanía. 

De momento, el Reino Unido tiene un nuevo monarca, Carlos III, que asume además como cabeza de la iglesia Anglicana. Para su coronación, habrá que esperar algunos meses. De momento, comenzarán a circular las nuevas monedas, billetes y sellos con su rostro. Un cambio histórico, que deja atrás una era: el siglo XX y parte de éste, marcado con la figura indeleble de la reina Isabel II.

Pilar Rodríguez