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book icon Domingo 5 de junio de 2022

Los gestos del Presidente Boric en la Cuenta Pública

Eugenio Tironi Eugenio Tironi

El Mandatario se esmeró en construir una pieza retórica casi perfecta, a la que es obvio que le dedicó mucha atención personal. Ahora está por verse cuán inspiradora será tanto interna como externamente.

Eugenio Tironi

No sé si recuerdan una bella columna de la historiadora Sol Serrano publicada hace algunas semanas en El Mercurio, llamada “Habitar la República”. Se refería así a la experiencia de “asumir una representación que supera con creces al individuo que la asume”.

Es lo que debe haber sentido el joven Gabriel Boric al entrar a La Moneda el 11 de marzo. Se sintió —sigue Serrano— por fin “solo consigo mismo”,  frente a una República que viene de muy lejos y que lo trasciende, cuestión nada de fácil para la generación milenial. 

El mensaje del 1 de junio fue, por sobre todo, la condensación de aquello. Fue el rito de pasaje desde alguien que el 11 de marzo aún no ocultaba una cierta dosis de incredulidad por el rol que la historia le había colocado por delante, por alguien que tiene plenamente asumido que es el Presidente de la República y que está cómodo en ese lugar; alguien que, como dicen los franceses, “está bien en su piel”.

Fue el rito de pasaje desde alguien que el 11 de marzo aún no ocultaba una cierta dosis de incredulidad por el rol que la historia le había colocado por delante, por alguien que tiene plenamente asumido que es el Presidente de la República.

No abordaré los contenidos del discurso dado por el Jefe de Estado en su primera Cuenta Pública, sino que me centraré exclusivamente en los símbolos y el estilo. 

Partamos con los gestos. Estos transmitieron control, aplomo, solemnidad. Boric, es claro, no necesitó de la corbata para comunicar autoridad. Tampoco buscó esa superioridad que algunos creen encontrar en las cifras, en las citas, en las bromas o en las promesas infundadas. Bastó su actitud y su serenidad.

Se le vio preparado, conectado, armónico, mateo. 

A pesar de las “turbulencias”; a pesar de los errores propios o de sus colaboradores; a pesar del fardo de asumir, junto con el Covid, la pandemia de la violencia y la inseguridad; a pesar de las disensiones en sus coaliciones de apoyo; a pesar de la caída en su popularidad. A pesar de todo lo anterior, ante el Congreso Nacional, se vio a un Gabriel Boric entero, seguro, inspirado. Insisto: “bien en su piel”. 

La intervención estuvo marcada por acotaciones y rasgos personales. Si quería dejar en claro que él quiere tener una manera propia de ser Presidente, creo que lo consiguió. 

La intervención estuvo marcada por acotaciones y rasgos personales. Si quería dejar en claro que él quiere tener una manera propia de ser Presidente, creo que lo consiguió. 

Fiel a su pasión, recurrió a dos poetisas chilenas para transmitir lo que otro lenguaje no consigue decir. Recordó de dónde viene y los valores que lo tienen al mando del país, sin arrogancia, superioridad ni revanchismo. Rememoró experiencias y personas que lo han marcado en estos meses. Le habló directamente a niños, niñas y ancianos. Volvió una y otra vez, aunque sin detenerse en exceso, sobre las promesas de campaña y los grandes objetivos que lo inspiran. Remarcó con sus gestos -cerrando los ojos, blandiendo el brazo, colocándose la mano en el corazón- su dolor, su compromiso, su deseo. Demostró además que conoce los temas en detalle y que está encima de sus ministros; que el suyo es un liderazgo activo, no romántico o discursivo. 

En suma, Boric buscó dejar en claro que está en La Moneda, no en calidad de poeta o administrador, sino de una doble condición: de cuidador, de responsable de la salud y continuidad de la Nación; y de gobernante, de quien pone objetivos unificadores que proyectan, tensan y movilizan. 

Su primer discurso hacia el país, también se caracterizó por otro rasgo inesperado para quien se catapultó a la vida pública en rebelión contra el statu-quo: el reconocimiento y valoración de la historia de Chile y de sus antecesores. 

Un gesto elocuente. Confesó que había estudiado los mensajes de los Presidentes anteriores para aprender de ellos y apreciar su esfuerzo por hacer avanzar a Chile. Una y otra vez, repitió que no se parte desde cero, y que lo que falta no es producto de la indolencia de los gobernantes pasados, sino de las posibilidades y las prioridades del momento, y que no podríamos proponernos las tareas de hoy sin el esfuerzo previo de nuestros antepasados. 

Llamó especialmente la atención el reconocimiento a su antecesor, Sebastián Piñera, y su mención a Frei, Lagos y Bachelet y a todos quienes recuperaron la democracia. Y también se hizo cargo de los dolores del pasado al decir que no renunciará a la búsqueda de los detenidos desaparecidos, lo que provocó el aplauso emocionado de los presentes en el salón de honor del Congreso.

“Toda generación —escribió Hannah Arendt— asume la carga de los pecados de sus padres, y se beneficia de las glorias de sus antepasados”. Se necesitaba que un líder de la nueva generación política chilena lo asumiera, y lo dijera fuerte y claro. Éste fue Gabriel Boric.

La presión ambiente empujaba a centrar su discurso en los temas de seguridad, que son los que inundan el presente; pero el Jefe de Estado fue capaz superar la tentación y poner los ojos más lejos.

La presión ambiente empujaba a centrar su discurso en los temas de seguridad, que son los que inundan el presente; pero el Jefe de Estado fue capaz superar la tentación y poner los ojos más lejos, con un discurso armónico en el que se combinaron las urgencias con los desafíos estratégicos, las deudas de ayer con las tareas del mañana, en fin, la continuidad con el cambio. 

Era lo que correspondía en el primer discurso ante el Congreso, que es siempre la ocasión para que el Presidente entrante fije su hoja de ruta. Ante el país, desde luego, pero también ante sus partidarios y sus propios equipos.

El peligro de un buen discurso es que luego su materialización parezca mezquina. Es ciertamente un riesgo muy presente. 

El Mandatario se esmeró en construir una pieza retórica casi perfecta, a la que es obvio que le dedicó mucha atención personal. Ahora está por verse cuán inspiradora será tanto interna, como externamente.

El Mandatario se esmeró en construir una pieza retórica casi perfecta, a la que es obvio que le dedicó mucha atención personal. Ahora está por verse cuán inspiradora será tanto interna, como externamente. Esto no depende de cuánto sea el énfasis que se ponga, como lo hace el Presidente cuando habla de usar “toda la fuerza de la ley” contra la violencia. Tampoco del grado de indignación moral. Menos aún de cuantas veces se repita, como sucedió con la Cadena Nacional que realizó, la misma noche del 1 de junio, para reiterar lo que ya había sido dicho horas antes. Fue una buena pieza publicitaria, pero con ese exceso de información y ese tamiz artificial y maquetado que tiene siempre la publicidad.

Después de verlo ante el Congreso, nadie puede dudar de las condiciones del Presidente Boric para ejercer la primera magistratura. En tiempos difíciles como los actuales, su figura es un activo que Chile entero debe cuidar.

Eugenio Tironi