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book icon Domingo 24 de abril de 2022

Pandemia: Qué es el síndrome de la cara vacía

Angélica Bulnes Angélica Bulnes

En varias partes del mundo se está levantando la obligatoriedad de usar mascarillas, y no a todas las personas les está resultando tan fácil desenmascararse.

Angélica Bulnes

Como si se estuvieran jubilando, aunque sea temporalmente, del Covid-19, distintos países, más en el hemisferio norte donde llega la temporada primavera verano, han decidido decirle oficialmente adiós a la obligatoriedad de mascarilla.

Desde el miércoles, en España ya no hay que usar esta clase de protección en lugares cerrados, salvo en el transporte público y servicios de salud. Los franceses hicieron lo mismo en marzo, al igual que otros vecinos de la zona. El lunes, en Estados Unidos, contra los deseos del Gobierno de Joe Biden, una jueza federal anuló la imposición de usar este implemento en el transporte público, incluidos aeropuertos y vuelos.

En nuestra región, varios estados de Brasil, entre ellos Sao Paulo, eliminaron su uso obligatorio en interiores, Argentina y Uruguay avanzan hacia la flexibilización, y aquí en Chile, donde hemos sido muy disciplinados en su uso, recientemente se levantó la necesidad de llevarla en las calles y espacios abiertos en la medida que no haya aglomeraciones.

Desenmascararse colectivamente es la muestra más gráfica de que una parte del mundo asume que estamos en una nueva y más controlada fase de la pandemia, y que es posible relajar el uso de un implemento que ha demostrado que ayuda a prevenir los contagios.

De hecho, según un análisis global publicado el año pasado en la revista médica británica BMJ, el uso de mascarilla está asociado con una reducción del 53% en la incidencia del Covid-19, misma razón por la cual hay especialistas que están mirando con recelo este desescalamiento.

Habrá que estar atentos al impacto que tengan estas medidas en las próximas semanas en los distintos países, pero por el momento se siente bien volver a ver bocas y narices, no tener que interpretar las expresiones ajenas exclusivamente a partir de los ojos y sobre todo respirar tranquilos. Al menos eso es lo que podría pensarse a primera vista. Sin embargo, la verdad es que dos años con la cara tapada no han pasado en vano, y hay gente que lejos de estar gritando “libre soy”, resiente en algún grado la medida.

Dos años con la cara tapada no han pasado en vano, y hay gente que lejos de estar gritando “libre soy”, resiente en algún grado la medida.

El fenómeno no es local, se ha descrito en otras partes e incluso algunos ya le han puesto nombre. Está por un lado lo que TikTok o el New York Times bautizaron como Mask fishing, que podría describirse como el arte de disimular con la mascarilla cómo eres realmente. El asunto puede parecer frivolidad, pero no lo es tanto para ciertos segmentos. Los adolescentes, por ejemplo, que están experimentado cambios físicos. Sobre todo las mujeres a esa edad son muy sensibles a los juicios de los demás sobre sus cuerpos, y las redes sociales las han hecho todavía más conscientes sobre la forma en que son percibidas vía likes. Para muchos y muchas de ellas, andar con mascarilla se siente a veces como una liberación de tener que verse “bien”.

En España, en cambio, por estos días los medios están llenos de artículos sobre el “síndrome de la cara vacía”. El término no es un trastorno ni un problema de salud mental descrito en los manuales de psicología. Es el integrante más reciente de la familia de ansiedades, ojalá temporales, que ha ido dejando el coronavirus. Es el nuevo hermano del “síndrome de la cabaña”, tal como fue bautizada la resistencia a salir de la casa tras los confinamientos estrictos. Este, en cambio, designa el miedo a sacarse la mascarilla y, según el diario El País, fue acuñado por el psicólogo José Antonio Galiani.

Es el integrante más reciente de la familia de ansiedades, ojalá temporales, que ha ido dejando el coronavirus.

Los casos más evidentes son los de personas a las que aún no se les quita el temor a contagiar o contagiarse, y prefieren seguir poniéndose mascarilla a todo evento. Pero no se refiere solo a ese grupo: “Hemos conversado con estudiantes, sobre todo mujeres, que nos comentan que se sienten cómodas con las mascarillas, que les da una protección y la posibilidad de decidir cuándo o no mostrarse”, dice la directora de un colegio de Santiago.

Para los más chicos, dos años con mascarilla son casi una vida y para los más tímidos se ha vuelto un refugio. “El otro día, en un cumpleaños de niñitas, miraba a las invitadas y te diría que nueve de las 25 seguían con la mascarilla puesta, incluso cuando les habían dicho que se las podían sacar”, comenta una psicóloga infantil.

También hay personas adultas que confiesan que no les va resultar tan fácil renunciar a la invisibilidad que les da la mascarilla, y que andar a cara descubierta las hace sentirse más vulnerables y expuestas.

Todo esto, demás está decir, no le está pasando ni le va a pasar a toda la gente. No se da con la misma intensidad en todos los casos, y lo más probable es que para la mayoría sea algo temporal. Pero es bueno saber que ocurre, sobre todo para estar atentos a los niños y adolescentes, y ayudarlos en caso de que sea necesario.

Angélica Bulnes