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book icon Domingo 28 de agosto de 2022

Qué es y qué no es una canción cebolla

Marisol García Marisol García

La muerte de Zalo Reyes esta semana hizo que volviera el concepto a los medios, pero a veces malentendido: lo “cebolla” no es lo cursi ni lo retro, mucho menos lo chabacano. A continuación, sus pistas certeras.

Marisol García

El impacto por la muerte de Zalo Reyes el pasado domingo estuvo a la altura de la importancia que el cantante llegó a tener en la cultura popular chilena, sobre todo en la primera mitad de la década de los 80.

Recordemos que tan sólo en 1983, Zalo Reyes llegó al Festival de Viña, luego de conseguir cuatro veces el pago originalmente ofrecido por los organizadores. Llenó al mes siguiente el estadio Santa Laura con un concierto propio. Tuvo, en septiembre, dos fondas con su nombre. Cantó en el Carnaval de Miami, en Estados Unidos, y en el popular programa “Siempre en domingo”, en México.

Fueron los años en que Nicanor Parra escribió un poema con su nombre en el título; cuando se le ofrecieron espacios propios en “Sábados Gigantes” y en el “Japenning con Ja”; y cuando la alcaldía de Conchalí lo nombró “hijo ilustre”.

O sea, me atrevo a decir que a nadie mayor de 40 años en Chile le ha llamado demasiado la atención que la despedida a Zalo haya sido tan comentada, llorada y sentida como lo ha sido estos días. Porque precisamente del sentimiento popular se trataba su canto, su carisma y su identidad.

Sin embargo, lo que sí me inquieta es la manera en que alrededor de Zalo Reyes se ha estado usando en estos días el concepto de “canción cebolla”. Hablar del cantante como de un cebollero no es algo que a él le ofendiera. Al contrario: reconocía en esa definición no un mote despectivo, sino que la descripción de una sensibilidad.

Zalo no sólo se asumía como un cantor de pueblo, orgulloso de sus orígenes y conocedor a fondo de las tribulaciones de la clase trabajadora chilena, sino que además se sentía parte de una cadena musical que en nuestro país ha afirmado precisamente ese tipo de canto romántico.

Admiraba profundamente a Ramón Aguilera, un cantor de San Antonio fallecido hace 19 años, que forjó su fama en bares y quintas de recreo, y que apenas fue acogido por radios y la prensa, pese a instalar al menos un par de temas clásicos, como “El día más hermoso”, y haber sido invitado a colaborar en una película de Raúl Ruiz y un disco de Congreso.

Zalo Reyes también mantenía conexión musical con Germaín de la Fuente, otra de las grandes voces masculinas de nuestro país que, como cantante de Los Ángeles Negros, ensayó una combinación inusual que resultó de gran influencia y que hoy podemos llamar “bolero eléctrico”. Ambos fueron capaces de ver los lazos de unión entre romanticismo latinoamericano y pop en inglés.

También Lucho Gatica era para él un referente. Es cierto que sus grabaciones no se parecen, pues Gatica tuvo los enormes recursos musicales y comerciales de una voz de fama mundial. Pero sí fue un chileno muy hábil para saber buscar joyas en el repertorio latinoamericano, eligiendo muy bien los boleros, valses peruanos y baladas que iban a ayudarlo a forjar una identidad propia.

Al fin, se trata, sobre todo, de sensibilidad musical y buen oído. Pero, ¿es sólo eso lo que define al canto cebolla? No realmente.

Los más populares cantantes románticos chilenos han mostrado cumbres en los géneros del bolero y la balada. Pero la cebolla avanza por un cauce diferente: se mueve sobre todo en vivo, en un intercambio horizontal, de igual a igual, con su audiencia. En la cebolla, las grabaciones y las radios son plataformas secundarias, porque lo que más importa es el sentimiento compartido, ojalá mirándose a los ojos.

Es melodramática, por supuesto, pero sin jamás conceder allí ni un centímetro de ironía ni vergüenza. El cebollero no tiene problemas en compartir sus pérdidas ni temores en el amor, y desconfía del galán con fans incondicionales a sus pies. La canción cebolla es, a veces, alcoholizada, autoflagelante, fúnebre y sin visos de esperanza. Pero es sincera, sin cálculos ni maquillajes.

Muchos confunden la canción cebolla con la música simplemente cursi. O el gusto retro; o, peor, “kitsch”. Entiendo por qué sucede, pero la muerte de Zalo Reyes sirve para recordar los nombres de quienes tributan la cebolla en sus características más puras. Pienso en Luis Alberto Martínez, aún activo en Playa Ancha. En Manolo Lágrima Alfaro, frecuente en mercados, bares y funerales. En el trío Los Chuchos, de Valparaíso. O en Santos Chávez, más joven, sin temor al canto sufrido. Escucharlos con respeto es hoy una manera de homenajear a Zalo.

Marisol García