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book icon Domingo 2 de octubre de 2022

“Salvar al rey”: Las tentaciones de don Juan Carlos

Jimena Villegas Jimena Villegas

En tres capítulos, una docuserie de HBO Max muestra el auge y la caída de quien fue el jefe del Estado español y comandante supremo de sus fuerzas armadas. Se trata de un material riguroso y entretenido, que ordena las piezas y permite conocer las miserias y las venturas de un hombre a quien la Constitución de su país transformó en intocable.

Jimena Villegas

Si hay un momento en el que los medios hispanos pusieron ojo clínico durante esa larga ceremonia del adiós que significó el funeral de la reina Isabel II de Inglaterra, fue uno: aquel en que el rey emérito Juan Carlos I y el rey vigente Felipe VI de España coincidieron en la fila para hacer honor a la fallecida y longeva monarca británica. Ahí estaban padre e hijo, juntos y bajo las cámaras, en un evento oficial e internacional, después de casi una década desde la abdicación del primero en favor del segundo. 

¿Era esa fijación en el detalle un antojo de chovinismo ibérico o tal vez el típico afán de la prensa de poner acento en las cosas propias para dar cercanía? Un poco, quizá sí. Pero, sin duda, no. No lo era. 

Y para entender bien por qué ese fue un hito que implicó -primero- un alto asunto de Estado y -después- un espinoso tema de familia, emerge una increíble docuserie. Se llama “Salvar al rey” y se estrenó durante septiembre en HBO Max. Es en este momento uno de los hits de esa plataforma digital. 

En tres capítulos de unos 50 minutos cada uno, esta investigación revisa y sistematiza. Ahonda en torno a la figura, la influencia y la caída de un hombre que fue escogido y formado con pinzas por el dictador Francisco Franco, para sucederlo y tomar los destinos de España tras su muerte. 

Juan Carlos de Borbón y Battenberg -Juanito para los amigos y sus pares de la realeza internacional- fue empujado a saltarse la rígida formalidad de la sucesión dinástica. Tomó, sin mediar más que una explicación manuscrita y enviada por carta, el puesto de su padre, don Juan, a quien sí le correspondía y quien fue dejado de lado por Franco. Dice este documental que el pobre don Juan resintió toda su vida aquello de ser un rey sin corona.

Siguiendo una progresión cronológica, “Salvar al rey” revela a Juan Carlos I como un digno miembro de la Casa de Borbón. Eso quiere decir, más o menos, que creció marcado por cuatro ejes, aparentemente, muy borbónicos: el poder, el dinero, las mujeres y los deportes. En su caso, la caza, las motos y los yates. 

Se muestra, entonces, a un ser humano un poco ligero de cascos, golpeado emocionalmente por momentos de pobreza en la niñez, muy solitario, criado con total dureza y completamente obnubilado por tres cosas: el lujo, la inmunidad que le ofrecía estar protegido por la Constitución de su país y los petrodólares de sus amigos, los jeques de la península arábiga. 

En esa confluencia de África y Asia en el Medio Oriente queda de hecho Abu Dhabi, el emirato en el que el exrey Juan Carlos I instaló su residencia fiscal y personal en 2020. Allí, lejos de los ojos del ministerio de Hacienda de su país, ocupa una mansión de 11 millones de euros, que tiene vista al mar y playa privada. 

“Salvar al rey” no es un título casual. Pone el acento en lo que -según el documental- estuvieron dedicados casi por tres décadas los servicios secretos españoles, los fieles colaboradores de la Casa Real, los medios de comunicación, algunos presidentes de los gobiernos y la amante con quien Juan Carlos ha tenido la relación de más larga data: una fotógrafa llamada Queca Campillo, cuyos recuerdos son vitales en el desarrollo de esta historia.

Aunque al parecer Campillo fue la más importante, en realidad es solo una de tantas. Las faldas perdían a Juan Carlos, que se casó con Sofía -la reina- siendo aún sólo un príncipe y sin estar realmente enamorado. Según la docuserie, lo que más le gustaba a él de ella es que a ella le gustaba él. Y puesto que las mujeres han sido su gran perdición, “Salvar al rey” va mostrando cómo, una tras otra, ellas se transformaron cada vez en peor negocio para la Corona y para la propia España. 

La peor de todas, la mujer que lo llevó a los infiernos, es de origen alemán y se llama Corinna Larsen. Veinticinco años más joven que él, lo flechó como a un adolescente. Tanto que quiso casarse con ella y ella, experta en sacar rédito de sus altos vínculos, usó la cercanía con Juan Carlos para hacer negocios. Fue su representante ante mercaderes rusos y árabes, que ayudaron a engordar el bolsillo de ambos. Y fue ella quien le organizó la cacería de un elefante en Botsuana, donde él se quebró la cadera y obligó a los servicios especiales españoles a hacer un operativo de rescate.

“Salvar al rey” está hecho con mucho rigor en el manejo de los datos y es muy entretenido. Se desenvuelve como un relato policial. Tiene, en ese sentido, una puesta en escena exquisita, entre aparatos viejos, lámparas de escritorio que ayudan a la media luz y un gigantesco mapa donde se van atando los cabos. Usa material de archivo, viejos registros audiovisuales, fotografías y cintas testimoniales de Queca Campillo. Tiene como fuentes a unas 50 personas; entre ellas algunos de los más relevantes periodistas españoles de las últimas décadas y a tres fuentes del servicio secreto.

Desde esa zona roja -y siempre tan fascinante- surge una revelación de gran impacto. Reconocido por décadas como el hombre que salvó la democracia española, cuando se opuso a un intento de golpe de Estado -el llamado 23F- en 1981, Juan Carlos queda aquí como parte de una trama bien urdida. Este trío de ex agentes del servicio secreto afirma, ante las cámaras, que él lo sabía todo, que era parte del plan.

En todo caso, queda claro que el verdadero plan siempre fue salvar a Juanito de sí mismo y de sus profundas fallas morales. En esa misión de Estado colaboró incluso la reina Sofía, a quien su propia madre mandó de vuelta a España desde Grecia, el día en que -destrozada por la infidelidad- huyó pensando en romper el matrimonio. La pobre Sofía recibió de su progenitora un portazo en la cara. Las reinas, tal como la fallecida Isabel II, están para cumplir con sus deberes, sin quejarse y sin llorar. Las reinas deben ser unas profesionales, incluso si su marido, el rey, ha dejado de serlo.

Esa es, precisamente, la gran lección de “Salvar al rey”. Si alguna vez Juan Carlos I estuvo a la altura, dejó de estarlo y comprometió en la caída a su país y a su familia. Se confundió lo suficiente como para creer que él, como jefe de Estado, en realidad era el Estado. Y aprovechó todos los contactos que su estatus le dio para engordar la billetera, que al comienzo era escuálida. 

Se empleó en la labor cobrando comisiones por negocios con petróleo y en un rubro tan poco regio como la compra de armas, junto a un oscuro personaje saudí llamado Adnan Kashoggi, quien tenía en la ciudad de Marbella, en el mediterráneo español, uno de sus centros de operaciones. En “Salvar al rey” aparece una serie de trapos sucios de Juan Carlos. 

Por ejemplo, cuando mató por accidente a su hermano chico. Y la historia de Iñaki Urdangarín, el yerno que terminó en la cárcel por mal usar fondos públicos. Y su vínculo con Mario Conde, un banquero emergente y guapo, quien se apegó a él y terminó cayendo por mano del gobierno español en la década de 1990.

Si bien el cerco de protección en torno a Juan Carlos empezó a debilitarse precisamente en esos años, sólo se fracturó de muerte en la segunda década de este siglo. Fue entonces que hubo que salvar a un rey, pero otro rey: su hijo Felipe, a quien hasta hoy se presenta como su némesis. Mientras más oscuro es el padre, más prístino es el hijo. Si uno acumula millones, el otro se baja el sueldo. 

Por eso es que era tan atractivo verlos juntos en Londres. Para evitar el colapso de la corona española, Felipe hizo un corte de cuajo con el rey emérito, quien abdicó contra su voluntad en 2014, y hoy -a los 84 años- vive lejos del país que le dio todo y que no conocía hasta que Franco lo mandó a llamar. Juan Carlos está apartado de su familia, como cuando era un niño. Eso sí, ahora no tiene que preocuparse -como sí hacía su señora madre- de juntar las chauchas para poder llegar a fin de mes.

Jimena Villegas