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book icon Domingo 28 de agosto de 2022

Tigré, la crisis humanitaria más grande del planeta

Carmen Gloria López Carmen Gloria López

Esta semana se terminó el alto al fuego y se reanudó un largo y devastador conflicto en una región de Etiopía llamada Tigré, la cual mantiene a unos seis millones de personas atrapadas en la zona. El hecho es considerado como una crisis humanitaria peor que la generada por la invasión rusa a Ucrania, pero a la cual no se le ha prestado la atención por esta propia guerra.

Carmen Gloria López

Escribo esta columna porque la semana pasada vi al director de la Organización Mundial de la Salud (OMS) afirmando que la crisis humanitaria en Tigré o Tigray es mucho peor que la de Ucrania. Estaba molesto, aclaró que no es primera vez que lo advierte, pero que el mundo insiste en invisibilizar el conflicto de esta región etíope.

Tedros Adhano Ghebreysus, director de la OMS y él mismo un tigriano, insinuó que la omisión social y política de Tigré, versus la excesiva atención sobre Ucrania, podría deberse al color de la piel de los afectados. “No he escuchado a ningún líder político del mundo desarrollado referirse al conflicto de Tigré en los últimos cinco meses”, dijo.

Para no ver solamente la paja en el ojo ajeno, debo confesar que yo tampoco sabía mucho de Tigré. Mi primera pregunta fue si el director de la OMS exageraba.

Etiopía tiene diez regiones con bastante autonomía, incluso con sus propias policías y milicias. La región de Tigré es la más septentrional y está mayormente habitada por la etnia del mismo nombre. Limita al norte con Eritrea, región que se independizó de Etiopía en 1993, y al oeste con Sudán. Su capital es Mekele, donde vivían siete millones de personas.

Ninguna guerra es fácil de explicar, porque en el fondo son todas estúpidas. El conflicto de Tigré comenzó en noviembre de 2020. Aunque como siempre, venía gestándose desde mucho antes. Para no ir tan atrás, Etiopía estuvo varios años bajo el mandato del Frente de Liberación del Pueblo de Tigré, a pesar de ser una de las minorías étnicas (representa solo al 6% de la población). Gobernaron el país hasta que llegó Abiy Ahmed, Premio Nobel de la Paz y figura internacional en 2018. Como Primer Ministro, dio una sensación de unión nacional al país, pero su ascenso profundizó algunas fisuras étnicas y regionales.

El Frente de Liberación del Pueblo de Tigré convocó en agosto de 2020 a elecciones sin la autorización del gobierno central. Entonces, Ahmed acusó al Frente de atacar un cuartel federal, llamó a ambos hechos una rebelión, y mandó al ejército federal a retomar el control de la región. Incluso anunció que había recuperado Mekele el 28 de noviembre de 2020. Pero el Frente de Liberación del Pueblo de Tigré (ese es su nombre, no necesariamente su rol) arremetió y “recuperó” la capital. Las fuerzas regionales y las federales llevan más de un año y medio en esta guerra.

Desde el inicio del conflicto, los servicios de telecomunicaciones están cortados, la población no se puede contactar con el exterior y no se permite el acceso a los periodistas. El gobierno central ha detenido a reporteros extranjeros y etíopes que no siguieron los comunicados oficiales.

Ambos lados han sido acusados por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas de ser responsables de “actos violentos susceptibles de ser considerados crímenes de guerra y de lesa humanidad”. Ello, a pesar de que el Primer Ministro de Etiopía fue Premio Nobel de la Paz por su rol de mediador en la guerra con Eritrea. De hecho, los soldados de esa región ahora independiente, se aliaron al Primer Ministro y han asesinado – junto al ejército etíope – a decenas, tal vez cientos, de hombres y niños tigrianos en fila con una bala en la nuca.

Por otro lado, las tropas del Frente de Tigré han sido acusadas de violar y asesinar a refugiados eritreos en campos de las Naciones Unidas. Los periodistas que han podido infiltrarse relatan apilamiento de cuerpos, pueblos completos arrasados, entre otras atrocidades.

A esta crisis se refería el director de la Organización Mundial de la Salud y sobre todo al arma más siniestra que ocupó el gobierno etíope: matar de hambre a sus propios ciudadanos. Durante el primer año de guerra, cientos de camiones con ayuda humanitaria, cargados de alimentos y suministros, estuvieron parados meses en la frontera e incluso se cancelaron los vuelos con ayudas de la ONU. A pesar de que nueve millones de personas estaban sin suministro de agua potable y más de tres millones ya se habían desplazado de sus hogares. Esta guerra ha provocado, además, una disrupción de la actividad agrícola, lo que hace temer una hambruna de la magnitud de la que hubo en 1980, cuando murieron de hambre más de 700 mil etíopes.

Aunque el gobierno declaró que estaba haciendo todo lo posible para que los alimentos y medicamentos lleguen a su población, sus actos demostraron lo contrario: prohibieron el trabajo de Médicos sin Fronteras y del Consejo de Refugiados de Noruega. De hecho, las organizaciones no gubernamentales han tenido especial dificultad en su labor en este conflicto. El año pasado fueron asesinados tres miembros de Médicos sin Fronteras y 16 miembros de las Naciones Unidas fueron detenidos sin explicación en Addis Abeba, la capital de Etiopía.

Las presiones internacionales lograron que el gobierno central desbloqueara el año pasado las rutas de ayuda, lo que permitió ingresar un pequeño porcentaje de la comida que se necesitaba. La Unión Europea y Estados Unidos hicieron lo propio con el gobierno etíope y el Frente de Liberación mediante distintas sanciones y amenazas para un cese al fuego, pero el ataque ruso sobre Ucrania en febrero de este año desplazó a Tigré de las preocupaciones del primer mundo.

En marzo pasado las cosas parecieron mejorar: un cese al fuego permitió el ingreso de más camiones con alimentos y medicamentos. Ahora, la ayuda internacional debe lidiar con la falta de efectivo y combustible en la región, lo que dificulta alcanzar a los grupos desplazados y más vulnerables.

Aun así, el relativo alivio de Tigré duró apenas cinco meses ya que esta semana volvieron los enfrentamientos. Ambos bandos dicen que el otro disparó primero y aseguran que lucharán hasta el final. Mientras, unas seis millones de personas están con severa necesidad de alimento.

Las esperanzas estaban puestas en Olusegun Obasanju, expresidente de Nigeria que coordinaba conversaciones con el gobierno y los rebeldes, pero los últimos encuentros agudizaron los problemas y aumentó el despliegue de fuerzas en la frontera de la región de Tigré con el resto del país. Las fuerzas terminaron enfrentándose esta semana.

El Economist decía hace un año que el Premio Nobel de la Paz y actual primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed, parecía cada vez más paranoico y errático. Solo puede estar peor, ya que sus problemas han aumentado: además de esta guerra de Tigré, que ya lleva 21 meses, Etiopía enfrenta una de las peores sequías de su historia, problemas fronterizos con Sudán y matanzas étnicas en la región de Oromia.

Lo peor es lo que declaró esta semana una periodista etíope al New York Times: “Si el conflicto vuelve o no a expandirse por toda la región, es difícil imaginar que las cosas se pongan peor para los civiles tigrianos. Aunque se mueran de una bala o por estar sitiados, morirán de todas maneras. Ya están muriendo. Y es en eso en lo que deberíamos enfocarnos”.

Es esa urgencia la que tenía el director de la Organización Mundial de la Salud cuando, desde su cargo, llamó al mundo a ocuparse y preocuparse de la peor crisis humanitaria del planeta. Y no exageraba.

Carmen Gloria López