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book icon Domingo 1 de mayo de 2022

Viaje al mundo privado de Elon Musk

Pilar Rodríguez Pilar Rodríguez

De niño pensaba que estaba loco, odia a su padre, administró un bar clandestino e incursionó como discreto cantautor. Son algunos de los aspectos desconocidos del que será el nuevo dueño de Twitter. Pero hay más.

Pilar Rodríguez

Viajamos al mundo privado de Elon Musk, el excéntrico multimillonario de la tecnología, que remeció esta semana los mercados al hacerse propietario de Twitter. Empinado en el número uno de las fortunas mundiales, admite padecer el síndrome de Asperger, fuma marihuana en público y habla sin filtros en la liga de los 280 caracteres, con una feligresía de 80 millones de seguidores. 

Elon Musk no sigue moldes convencionales. Vive en Texas, en una casa prefabricada de 120 metros, que cuesta unos 44 millones de pesos y que arrienda a través de su empresa SpaceX. El año 2020 anunció la venta de seis propiedades en Los Ángeles. Solo le queda una mansión de 19 hectáreas en la zona de San Francisco, que usa poco, porque suele dormir en la casa de sus amigos. Cuesta creerlo, pero así vive el gurú de la sustentabilidad. 

La única vez que tomó vacaciones, contrajo malaria y estuvo al borde de la muerte. Dice que no es consumista, no tiene lujosos yates, pero sí un avión privado fabricado a su medida. Obsesivo, exigente, pide plazos imposibles, trabaja hasta las 2 de la mañana todos los días, hace juntas los fines de semana y ha dormido en sus fábricas cuando es necesario. 

Musk es fanático y coleccionista de autos únicos. Pagó un millón de dólares por un McLaren de fórmula uno, que chocó a los pocos meses cuando quiso hacer una demostración de velocidad. Hace poco, pagó una cifra similar por un modelo usado en una película de James Bond.

De pequeño, creía que estaba loco, porque su mente era una explosión permanente de ideas creativas.

De pequeño, creía que estaba loco, porque su mente era una explosión permanente de ideas creativas. Un genio temprano según su madre, que a los tres años matricularon en el colegio. En su casa de Pretoria, en Sudáfrica, construía cohetes, hacía experimentos desafiando la física y pasaba horas sumergido en la lectura, una enciclopedia andante le llamaban sus dos hermanos pequeños. A los diez años, aprendió a programar en un viejo computador, que recién pudo renovar con la venta de su primer videojuego. 500 dólares le pagaron en una revista especializada por su idea. Despuntaba así el bicho emprendedor que lo catapultaría al club de los supermillonarios.  

Pocas veces demuestra emociones, pero algunas lágrimas se deslizan cuando habla de una niñez solitaria y triste.

Pero no todo ha sido vino y rosas en la vida de Elon Musk. Pocas veces demuestra emociones, pero algunas lágrimas se deslizan cuando habla de una niñez solitaria y triste. A los ocho años sus padres se separaron y la mamá, nutricionista y modelo, tuvo que cargar con la educación de sus tres hijos, pasando apreturas y dificultades económicas. Su papá, un aventajado ingeniero, mostró su faceta más oscura puertas adentro, no solo violento con su madre, sino aparentemente también con él. Tan amargo es su recuerdo, que asegura que Errol, su papá, es la encarnación de todos los males imaginables.

Quizás si lo de Asperger explique su relación distante con el mundo social. Musk admite que no tiene muchas habilidades emocionales. Según su madre no se hacía querer, porque siempre estaba corrigiendo al resto. En su adolescencia fue víctima permanente de bullying y alguna vez lo golpearon sus compañeros. Decidido y perseverante como es, se entrenó en karate y judo, lo suficiente para defenderse y cortar de raíz el maltrato.

Pero sus sueños volaban más lejos. A los 17 años emigró a Canadá y juntó los primeros dólares trabajando como leñador y limpiando calderas. Ya en Estados Unidos, se encalilló con préstamos para poder graduarse como físico y economista en Pensilvania. A duras penas, se mantenía vendiendo repuestos de computadores y transformando su casa en un bar clandestino, los fines de semana.

En su caso, los emprendimientos no nacieron en un garaje. Cuando llegó a Silicon Valley con su hermano Kimball, arrendaron una pequeña oficina y como no había dinero para un departamento, dormían en un improvisado sofá. Así nació PayPal, la plataforma de transferencias bancarias que marcó su primer pelotazo al venderla en 1.5 millones de dólares. En adelante, el vértigo innovador no se detendría más.

Dicen que el dinero es un tremendo seductor y Elon Musk no es la excepción. Tiene tres matrimonios a su haber y ocho hijos, de diferentes madres. Sin contar otros romances, como su relación con la ex mujer de Johnny Depp, que le ha salpicado hasta hoy, al punto que está citado como testigo del mediático juicio en curso.

En sus palabras: "Nunca seré feliz si no tengo a nadie. Irme a dormir solo me mata”. Y vaya que lo sigue a rajatabla…

Con su primera mujer, la escritora Justin Wilson, tuvo su primer hijo que falleció a los tres meses de muerte súbita. Luego vinieron mellizos y trillizos. A su segunda mujer, una actriz, la conoció y a los diez días le pidió matrimonio, pero también acabó divorciado. Su tercer intento fue con la popular compositora y cantante Grimes, con idas y vueltas o como dice ella, en “una relación líquida”; comparten afición a los cómics y en una reciente faceta, Musk compuso dos canciones de corte electrónico que ya circulan por internet con discreto éxito. Con Grimes, tuvo los últimos dos hijos, de nombres impronunciables, a quienes llaman sencillamente X e Y. 

Elon Musk está enfocado en colonizar Marte en diez años más. Es su carta bajo la manga, por si las cosas se ponen feas en la tierra… dinero, no le va a faltar.

Pilar Rodríguez