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No importa cuándo ni cómo lo dijo. Tampoco si borró los rastros. Basta que alguien reflote una opinión o un tuit desde las catacumbas de las redes sociales, para echar abajo una designación o un cargo público. Es la tiranía de la exposición, cuando la inmediatez y el fragor de una discusión digital pueden causar estragos, poniendo en jaque derechos esenciales de las personas.

Por Pilar Rodríguez

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